El sindicato de HarperCollins logra el salario inicial más alto de la edición
Cuando tengo un libro entre las manos —cualquier libro, el que sea— pienso en la cadena de personas que lo hicieron posible. No solo en quien lo escribió. También en quien lo editó, lo corrigió, lo diseñó, negoció los derechos, lo promovió. La industria editorial vive de ese trabajo invisible, y durante demasiado tiempo ha pagado ese trabajo como si fuera un privilegio, no una profesión.
Por eso me alegra tanto que el sindicato de HarperCollins haya ratificado esta semana un nuevo contrato colectivo que incluye el salario inicial más alto en la historia de la industria editorial en Estados Unidos. No sé la cifra exacta, pero sé lo que significa: que alguien escuchó.
Los trabajadores del sector editorial llevan años señalando la paradoja: son personas que aman los libros con una intensidad casi irracional, que eligen esta industria a pesar de todo, precisamente porque la aman. Y esa misma devoción se ha usado históricamente como argumento para pagarles poco. Como si el amor fuera un sustituto del salario.
García Márquez decía que escribir era el oficio más solitario del mundo. Quizás. Pero publicar un libro es todo lo contrario: es un acto colectivo que requiere docenas de manos. Este contrato reconoce, aunque sea parcialmente, el valor de esas manos. Y eso, en un momento en que la inteligencia artificial amenaza con hacer invisible ese trabajo humano aún más, es mucho más que una noticia sindical. Es una declaración de principios sobre qué tipo de industria queremos tener.
¿Cuándo será la próxima vez que compres un libro, te preguntarás por las personas que lo trajeron hasta ti?
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