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Allen Ginsberg tenía razón: cien años del poeta que aulló primero

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Dani Carrasco
· 3 min de lectura
Allen Ginsberg tenía razón: cien años del poeta que aulló primero

Pregunta sin trampa: ¿cuándo fue la última vez que un poema te dejó sin aliento? No porque fuera bonito. Porque te dijo algo verdadero que nadie más se había atrevido a decirte.

El 3 de junio de 1926 nació en Newark, Nueva Jersey, Allen Ginsberg. El 3 de junio de 2026 ese poeta cumplió cien años. Y si te soy honeste, cien años no le caen nada mal. Aullido (Howl, 1956) todavía suena como si lo hubieran escrito ayer en un café de San Francisco con el cenicero lleno y la cabeza caliente. «Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas...» Empieza así. Siete décadas después, pregunta: ¿conoces a alguien que no encaje en esa descripción?

Ginsberg era muchas cosas al mismo tiempo, que es lo que nos cuesta aceptar a quienes preferimos las cajas ordenadas. Era poeta y activista y budista y gay y judío y escandaloso y tierno. Quería hablar del cuerpo con la misma seriedad con que hablaba de Dios. Quería que el lenguaje sudara. Que la página oliera a algo. Construyó sus versos largos sobre la respiración — no sobre la métrica sino sobre el pulmón, sobre lo que un cuerpo puede sostener en un solo aire.

¿Que Ginsberg está en el canon? Sí. ¿Eso lo hace menos urgente? Para nada. El canon tiene esa mala costumbre de domesticar lo que alguna vez fue peligroso. Pero abre Howl ahora mismo y dime si no sientes algo tirante en el pecho. Te espero.

Lo que me gusta pensar es que Ginsberg hizo posibles a muchas personas que vinieron después. Hizo posible a Pizarnik diciéndole que la oscuridad también era un lugar legítimo para habitar. Hizo posible a Eileen Myles — poeta queer, narradora de la bohemia neoyorquina de los setenta que puedes encontrar reconstruida en Chelsea Girls — demostrando que el cuerpo queer y el verso libre iban de la mano. La cadena es larga y sigue.

Hoy su nombre aparece en antologías, en clases universitarias, en listas de «poetas que deberías leer». Todo eso está bien. Pero la mejor forma de celebrar un centenario no es añadir un poeta a una lista. Es abrirlo en cualquier página y leer en voz alta. En serio. En voz alta. Eso es lo que él quería: que el poema existiera en el aire, entre dos cuerpos, como conversación.

Howl cumple cien años de padre y setenta de poema. Los dos se merecen una lectura sin reverencia y con todo el volumen que puedas dar.

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