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A los 95 años, Antonio Gamoneda aún le teme al futuro —y eso nos salva

V
Valentina Ríos
· 3 min de lectura
A los 95 años, Antonio Gamoneda aún le teme al futuro —y eso nos salva

Hay poetas que envejecen guardando silencio. Antonio Gamoneda, a sus noventa y cinco años, no ha aprendido ese truco. En una entrevista reciente con Zenda, el poeta leonés confesó su desazón por el futuro con la misma franqueza con que lleva décadas nombrando el dolor: sin rodeos, sin consuelo fácil.

Tengo fresca la primera vez que leí Blues castellano, sus versos atados al frío de León y a la memoria de los muertos. Había algo en esas palabras que no pedía compasión sino testigo. Gamoneda no escribe para que te sientas mejor; escribe para que recuerdes que el mundo puede ser oscuro y hermoso al mismo tiempo. Es ese tipo de poeta que no necesita que le des la razón para hacerte sentir que la tiene.

A los noventa y cinco años, Gamoneda sigue trabajando. Su proyecto más reciente rinde homenaje a Federico García Lorca —otro poeta que entendía que el arte no es refugio sino territorio en disputa. La conexión no es casual: ambos pertenecen a esa estirpe de escritores para quienes la poesía es un asunto de vida o muerte, literalmente. Lorca lo pagó con la vida; Gamoneda lleva décadas pagándolo con la memoria.

La "desazón" que menciona Gamoneda no es la queja de un anciano resignado. Es la señal de que alguien todavía tiene fe en que las palabras pueden cambiar algo. En tiempos en que la literatura se consume como entretenimiento de consumo rápido, hay algo profundamente desafiante en un hombre de noventa y cinco que se sienta a escribir versos porque el futuro le preocupa. Porque todavía le importa.

Pienso en Clarice Lispector escribiendo hasta el final, en José Saramago dictando desde la cama. La vejez de los grandes escritores siempre me ha parecido una de las formas más radicales de resistencia. Gamoneda, con su desazón, nos recuerda que la lucidez no caduca y que temer el futuro es, en cierto modo, todavía creer en él.

Si no has leído a Gamoneda, este es el momento. Empieza por donde quieras: en su poesía no hay atajos, pero tampoco hay callejones sin salida.

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