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Artemis 2: la Luna entre la literatura y las estrellas

V
Valentina Ríos
· 4 min de lectura
Artemis 2: la Luna entre la literatura y las estrellas

Ayer, cuando el cohete SLS se elevó desde el Centro Espacial Kennedy arrastrando tras de sí una columna de fuego y humo blanco, sentí algo que solo había sentido antes abriendo ciertos libros: el vértigo de lo posible. La cápsula Orion lleva a bordo a cuatro astronautas —Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y el canadiense Jeremy Hansen— hacia un arco de diez días alrededor de la Luna. Es la primera vez en más de medio siglo que seres humanos viajan más allá de la órbita baja terrestre. Pero la imaginación llegó allí mucho antes.

Fue Jules Verne quien primero trazó la ruta. En 1865, su novela De la Tierra a la Luna describía un proyectil tripulado lanzado desde Florida —sí, Florida— con una precisión que todavía estremece. Verne no solo imaginó el viaje: lo calculó. Predijo la ingravidez, intuyó la necesidad de una velocidad de escape, situó el lanzamiento a pocas millas de donde ayer despegó Artemis 2. Leer a Verne hoy, mientras las imágenes del lanzamiento se repiten en cada pantalla, es asistir a una conversación entre siglos. Si quieres sumergirte en la aventura visionaria de este maestro de la anticipación, Dos años de vacaciones es una puerta magnífica a su universo narrativo, donde cada página respira la misma curiosidad insaciable que lo llevó a imaginar la Luna.

Poco después llegó H.G. Wells, pero con una mirada distinta. Donde Verne miraba hacia arriba con la fe del ingeniero, Wells miraba hacia lo desconocido con la inquietud del filósofo. En La guerra de los mundos, los marcianos no esperan nuestra visita: vienen ellos. Wells comprendió algo que la carrera espacial confirma una y otra vez: salir al cosmos también es preguntarse quiénes somos, qué encontraremos, qué traeremos de vuelta. Cada misión es un espejo.

Lo que hace única a Artemis 2 no es solo la hazaña técnica de pasar a 4.100 millas del lado oculto de la Luna. Es lo que representa. Victor Glover es la primera persona racializada en viajar más allá de la órbita terrestre baja. Christina Koch, la primera mujer. Hansen, el primer no estadounidense. La tripulación de esta nave se parece, por fin, al mundo que deja atrás. Como escribió Clarice Lispector: «La realidad es la materia prima, el lenguaje es la manera como la busco». La literatura siempre buscó esta realidad expandida, un cielo donde cupieran todos.

Pienso en García Márquez, que en Cien años de soledad hizo volar a Remedios la Bella entre sábanas blancas hacia un cielo caribeño, y me pregunto si acaso toda la literatura latinoamericana no ha sido, a su manera, una misión espacial: el intento de alcanzar lo inalcanzable con las herramientas del lenguaje. Salvador Landeros Ayala lo documenta desde otro ángulo en Misión Posible: De la Plaza a las Estrellas, donde narra la historia real del programa espacial mexicano, demostrando que el sueño de las estrellas también se sueña en español.

Artemis 2 es una misión de diez días. Los libros que la precedieron llevan más de un siglo en órbita. Verne sigue viajando dentro de cada lector que pasa una página. Wells sigue lanzando preguntas al vacío. Y en algún lugar entre la ficción y el fuego de los cohetes, la literatura y la ciencia se reconocen como lo que siempre han sido: dos formas de la misma osadía.

Esta noche, mientras la cápsula Orion trace su arco silencioso alrededor de la Luna, te invito a abrir un libro. Cualquiera de estos. Deja que las páginas te lleven adonde el cohete no puede: al interior de la imaginación humana, ese territorio sin gravedad donde todo viaje empieza.