La novela que guardan los pueblos blancos: Azahara Palomeque regresa a casa
V
Valentina Ríos
·
3 min de lectura
Hay libros que solo pueden escribirse así: después de irse, después de volver, después de entender que nunca puedes irte del todo. Pueblo blanco azul, la nueva novela de Azahara Palomeque, es uno de esos libros. Una historia que mezcla el rigor de quien ha mirado el mundo desde afuera con la pasión de quien no puede dejar de mirar a casa.
La protagonista se llama Elaia. Ha pasado una temporada en el extranjero —de esas que empiezan siendo breves y se alargan hasta que uno ya no sabe bien qué está buscando fuera— y regresa a su pueblo de origen para escribir una novela. No una novela cualquiera: la historia de su familia, el entramado de silencios y voces que teje cualquier estirpe. Y detrás de ese proyecto literario hay algo más urgente, más frágil: la muerte de su abuela, una herida que todavía no ha cicatrizado.
Cuando llegué a las primeras páginas, pensé en todas las escritoras que han convertido el regreso en literatura. En Elena Ferrante mirando Nápoles desde el exilio de sí misma. En Claudia Hernández regresando a las calles de su infancia con una prosa que duele de la manera exacta en que duelen los recuerdos. Palomeque se coloca en esa tradición de mujeres que escriben sobre los lugares que las formaron porque es la única forma de entenderse.
Los pueblos blancos de Andalucía —esas casas encaladas que se agrupan en las laderas como si quisieran protegerse mutuamente del verano y del tiempo— tienen una belleza que no es decorativa sino histórica. Llevan siglos ahí. Y con ellos llevan sus voces, sus muertos, sus historias metidas en los muros. Palomeque, que viene del periodismo, sabe que para contar esa clase de historias hay que escuchar antes que escribir. Se nota: hay en su prosa una atención al detalle que no es solo literaria sino casi documental, pero nunca fría.
La abuela está en el centro de la novela de manera oblicua, como lo están los muertos que queremos. No aparece en escena directamente: aparece en los objetos, en los gestos de los que quedan, en el tipo de silencio que deja una persona cuando ya no está. Y Elaia, mientras intenta escribir la historia de los suyos, descubre que esa historia también es la suya.
Lo que convierte a Pueblo blanco azul en algo más que una novela de regreso es la conciencia metaficcional que Palomeque trabaja con elegancia: el hecho de que Elaia sea escritora y esté intentando escribir exactamente la novela que estamos leyendo crea una especie de doble fondo que habría encantado a García Márquez. La novela que tienes en las manos es la novela que el personaje aún no sabe si podrá terminar. Esa incertidumbre se vuelve el motor de la lectura.
Me alegra que existan libros así. Libros que recuerdan que la escritura puede ser un acto de reparación: para los muertos, para los lugares, para uno mismo. Si alguna vez has vuelto a un sitio del que nunca te fuiste del todo, este libro te espera.
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