Ir al contenido principal

La librería más grande del mundo le abre las puertas a la IA: lo que ningún algoritmo puede escribir

V
Valentina Ríos
· 3 min de lectura
La librería más grande del mundo le abre las puertas a la IA: lo que ningún algoritmo puede escribir

El año pasado, James Daunt declaró que Barnes & Noble «se echaría atrás» ante los libros generados por inteligencia artificial. La semana pasada, en el programa Today de la NBC, dijo exactamente lo contrario.

Recuerdo la primera vez que sostuve entre mis manos un ejemplar de Cien años de soledad. El papel tenía esa textura de los libros que han pasado por muchas manos, y yo sabía —sin saber cómo lo sabía— que alguien había sudado esas palabras. García Márquez había existido. Había amado, había perdido, había sentido el calor de Macondo bajo su propia piel antes de inventarlo. Eso no es un argumento sentimental. Es la condición que hace posible el acto de leer.

Daunt, el hombre que rescueó a Barnes & Noble de la quiebra y abrió sesenta nuevas tiendas en los últimos años, ha anunciado que la cadena venderá libros generados por IA siempre que estén etiquetados como tales. «Sentido común y aceptación», lo llama. Suena razonable. Suena incluso generoso. Pero hay una pregunta que nadie le ha hecho: ¿quién está pidiendo esos libros?

Los lectores no están golpeando las puertas de las librerías exigiendo el último bestseller producido por un algoritmo. La demanda se está construyendo desde las empresas tecnológicas, no desde las personas que leen. Y la librería que se beneficia de llenar sus estanterías con ese contenido no es la misma que pagó, durante décadas, a los escritores que entrenaron involuntariamente esos modelos.

Porque ahí está el problema real: los sistemas de inteligencia artificial se entrenan con el trabajo de escritores que nunca dieron su consentimiento. Cada libro generado por una máquina lleva dentro, como una sombra, el trabajo absorbido de miles de autores que no fueron preguntados, no fueron compensados. Elena Ferrante, Clarice Lispector, Isabel Allende —voces que aprendieron a escribir leyendo y que ahora alimentan, sin quererlo, una industria que amenaza con reemplazarlas.

Lo que más me preocupa no es la calidad —algunos libros de IA serán competentes, lo sé— sino lo que estamos enseñando a los lectores más jóvenes sobre lo que es un libro. Un libro es el registro de una mente que luchó con algo. La lucha es lo que importa. No se puede generar. Solo se puede imitar, y la imitación, por convincente que sea, tiene un hueco en el centro donde debería haber alguien.

Tengo amigos en editoriales pequeñas que llevan años apostando por voces nuevas, pagando anticipos modestos a escritoras que todavía no son nadie y que algún día lo serán. ¿Qué ocurre con ese ecosistema cuando la librería más grande del mundo decide que un texto producido en segundos merece el mismo espacio de anaquel que una novela trabajada durante cinco años?

James Daunt es un hombre de negocios brillante. Pero hay una diferencia entre sobrevivir y defender lo que las librerías deberían representar. Abre un libro escrito por alguien que se quedó despierto hasta las tres de la mañana preguntándose si la frase era la correcta. Ese alguien te está esperando del otro lado de la página.

Comentarios

Acceder para unirte a la conversación.

Aún no hay comentarios.