Beatriz de Moura: el sello que nos enseñó a leer de otra manera
Hay editores que publican libros. Y hay editores que cambian la forma en que una lengua entera se lee a sí misma. Beatriz de Moura, fundadora de Tusquets Editores, falleció esta semana en Barcelona a los 87 años, y con su muerte se cierra uno de los capítulos más discretos —y más esenciales— de la literatura en español del siglo pasado.
La conozco por sus libros antes que por su nombre. Hay portadas, tipografías, ciertos márgenes que uno reconoce incluso sin ver el sello editorial. Muchas de esas ediciones —las que encontré en la estantería de mi madre en Bogotá, las que descubrí años después en librerías de Barcelona— llevaban el colofón de Tusquets. Era una manera de entrar en Europa desde el español, o de traer Europa hacia nosotros.
Beatriz de Moura fundó Tusquets en Barcelona en 1969, en pleno franquismo, cuando publicar era también una forma de resistencia. Nacida en Lisboa, adoptó Cataluña como su tierra literaria y empezó con la colección Marginales, que desde su primer año dio cobijo a escrituras incómodas, a voces que no cabían en los catálogos más cautelosos de la época. De ahí en adelante, el catálogo creció con una lógica que mezclaba la exigencia literaria con el instinto de lectora: Juan Marsé, Fernando Vallejo, y la apuesta quizás más duradera, la de rescatar para los lectores en español la obra del escritor húngaro Sándor Márai —La mujer justa, La herencia de Eszter—, un autor que había muerto casi olvidado en Los Ángeles en 1989 y que gracias a Tusquets fue redescubierto masivamente en lengua española.
Ganó la Medalla de las Artes de España y el Premio Sant Jordi, honores institucionales que nunca terminan de medir lo que hizo. Porque lo que hizo no fue solo publicar: fue construir un espacio de confianza entre autores difíciles y lectores todavía por llegar. Fue apostar por libros que no tenían audiencia asegurada y crearla, pacientemente, con cada nueva apuesta.
Me pregunto cuántas veces uno lee un libro sin saber el nombre de quien lo hizo posible. Los editores trabajan en esa invisibilidad —la misma de los traductores, los correctores, todos los que hacen que las palabras lleguen a sus lectores con la forma exacta que necesitan. Beatriz de Moura era de esas personas que construyen mundos sin firmarlos.
Los libros que publicó siguen en nuestras manos. Esa es la única inmortalidad que el oficio editorial puede ofrecer, y ella la ganó con creces.
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