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Las bibliotecarias se hartaron y se están postulando para el congreso

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Dani Carrasco
· 3 min de lectura
Las bibliotecarias se hartaron y se están postulando para el congreso

Hay un momento en que dejas de pedir permiso para que te dejen hacer tu trabajo. O al menos, en que ya no confías en que alguien más vaya a darte ese permiso.

Eso parece estar pasando con las bibliotecarias de Estados Unidos. Según un reportaje de Book Riot publicado el 1 de mayo, una cantidad creciente de profesionales de bibliotecas en todo el país está postulándose a cargos estatales. La razón no es el sueldo. No es el poder en abstracto. Es, más precisamente, la rabia acumulada.

Porque en los últimos años el libro prohibido dejó de ser una metáfora. En 2025, la Asociación Americana de Bibliotecas registró 4,235 títulos impugnados o retirados de circulación —la segunda cifra más alta de su historia. El 40% de esos reclamos los presentaron no los padres, como suele creerse, sino funcionarios electos: miembros de juntas escolares, directores, administradores. Gente con cargos. Gente que puede ser reemplazada por otra gente con otros cargos.

Entonces, ¿qué hace una persona que dedica su vida a conectar libros con lectores cuando los libros empiezan a desaparecer de los estantes? Aparentemente, se lanza a la política.

Hay algo casi borgiano en esto. Borges decía que el paraíso sería una especie de biblioteca. Nadie le preguntó qué sería el infierno, pero podemos suponer: una biblioteca donde alguien ha arrancado páginas, sellado secciones, envuelto los lomos con papel kraft porque el contenido se considera inapropiado para la misma gente que más lo necesita.

Lo que más me interesa del fenómeno no es el gesto heroico —aunque también tiene eso— sino lo que revela sobre cómo funciona la censura hoy. No llega con uniforme ni hogueras. Llega en forma de moción en una junta de distrito escolar, de presupuesto recortado, de directriz administrativa ambigua. Es burocrática, incremental, casi aburrida. Y precisamente por eso resulta tan efectiva.

Las bibliotecarias que se candidatan entienden algo que los debates culturales a veces olvidan: que la libertad de expresión no se defiende solo escribiendo ensayos brillantes o firmando cartas abiertas. A veces hay que ir a la junta de educación y ganar.

Pizarnik escribió: «Cada vez que leo, me salvo.» Tal vez sea momento de que quienes nos ayudan a salvarnos también tengan voz en las instituciones que deciden qué se puede leer. Suena a cosa rara. Pero también lo sonaba que la tierra fuera redonda.

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