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Las librerías negras no son una rareza: son el corazón de una literatura

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Valentina Ríos
· 3 min de lectura
Las librerías negras no son una rareza: son el corazón de una literatura

La primera vez que entré a una librería de verdad fue en Bogotá, tenía once años y mi madre me llevó a una tienda de libros de segunda mano en el centro, cerca de La Candelaria. Olía a papel viejo, a algo parecido a la promesa. El librero nos conocía por nombre. Eso no lo olvidé nunca.

Hoy, 7 de abril de 2026, la Asociación Nacional de Librerías Negras de Estados Unidos (NABB) ha declarado este día el Día Nacional de las Librerías Negras. No es un gesto simbólico vacío. Es un acto político, cultural y emocional en un momento en que las políticas de diversidad e inclusión están siendo desmanteladas sistemáticamente en muchas instituciones norteamericanas. Cuando una librería negra abre sus puertas —en Harlem, en Atlanta, en Oakland— está haciendo algo que va mucho más allá de vender libros: está preservando una memoria que muchos preferirían ver borrada.

Hay una línea que une el Harlem de los años veinte con el presente. James Weldon Johnson publicó La autobiografía de un hombre de color en 1912 —primero de forma anónima, como si la historia de un hombre que navega entre dos identidades raciales fuera demasiado peligrosa para firmarla. Unos años después, Wallace Thurman escandalizó a la propia comunidad negra con The Blacker the Berry, una novela sobre el colorismo interno, esa vergüenza que no viene de afuera sino de adentro. Esos libros existieron, circularon, sobrevivieron porque hubo librerías que los pusieron en sus estantes. Librerías que dijeron: esta historia también importa.

Pienso en Jesmyn Ward, una de las voces más poderosas de la narrativa norteamericana contemporánea, que en Que descendamos convirtió la historia de la esclavitud en una épica íntima y devastadora. O en todo lo que viene: una nueva generación de escritoras y escritores negros que publican novelas, poemas y ensayos que no siempre llegan a las estanterías de las grandes cadenas. Las librerías negras son el ecosistema donde esa literatura respira.

En América Latina sabemos algo de esto. Las librerías independientes —las de Bogotá, las de Ciudad de México, las de Buenos Aires— siempre fueron algo más que un negocio. García Márquez no hubiera sido García Márquez sin la cultura de la lectura que lo rodeó, sin los libreros que recomendaban con pasión y convicción. La librería como espacio político no es una invención anglosajona: es una práctica latinoamericana de toda la vida.

Busca hoy una librería negra. Si estás en Estados Unidos, entra. Compra un libro. Si no estás allí, lee a una escritora o escritor negro cuya voz no hayas escuchado aún. Tener un libro en las manos siempre ha sido, en algún sentido, un pequeño acto de libertad.