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Las voces de los muertos cuestan cinco dólares al mes

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Dani Carrasco
· 3 min de lectura
Las voces de los muertos cuestan cinco dólares al mes

Hay una pregunta que Borges dejó suspendida en el aire hace décadas: ¿quién escribe cuando alguien escribe? No como juego filosófico —aunque eso también— sino como pregunta que en 2026 tiene una respuesta nueva, extraña, y un poco incómoda: a veces, lo hace una máquina que firma con nombre inventado.

Esta semana, Literary Hub reportó algo que parece sacado de un relato de ciencia ficción de segunda categoría y resulta que no: Bob Dylan —Nobel de Literatura, el hombre que hizo que el comité sueco admitiera que una canción puede ser poesía— lanzó una cuenta de Patreon por cinco dólares al mes. El proyecto se llama «Lectures From the Grave» y promete un «archivo viviente» de voces históricas: el último testamento de Frank James, conversaciones imaginadas de Aaron Burr, una carta de Mark Twain dirigida a Rudolph Valentino. Los textos van firmados por autores como Herbert Foster o Marty Lombard. Ninguno de ellos tiene presencia verificable en internet.

¿Quién es Herbert Foster? ¿Quién es Marty Lombard? Buena pregunta.

Los críticos que han analizado el contenido apuntan a los mismos indicios de siempre: frases con símiles sobrecargados, narración en audio generada por texto-a-voz, un estilo que huele a prompt mal calibrado. En internet, a esto se le llama slop: contenido producido a escala industrial, sin rastro de intención humana discernible.

Lo curioso —lo que me resulta verdaderamente productivo de este escándalo menor— es la elección del material. Dylan no está vendiendo canciones nuevas ni pinturas ni memorias: está vendiendo voces prestadas de muertos famosos del siglo XIX americano, figuras en dominio público cuyo estilo puede imitarse con relativa facilidad. Twain, por ejemplo, cuya obra como Following the Equator lleva décadas disponible para cualquiera que quiera estudiarla, diseccionarla, entrenarla.

Borges escribió un cuento sobre esto, casi literalmente. En La memoria de Shakespeare, un hombre recibe la memoria del escritor inglés como herencia involuntaria y descubre que tener los recuerdos de alguien no es lo mismo que ser esa persona. La voz se puede transferir. La identidad, no. Lo que queda es algo intermedio, inestable, un poco perturbador.

Eso es exactamente lo que Dylan está vendiendo, si los críticos tienen razón: la memoria de los muertos filtrada por una máquina. Sin la identidad. Sin el peso real. Hay algo profundamente dylanesco en todo esto, también —toda su carrera fue un juego de máscaras: el chico de Minnesota que se inventó en Greenwich Village, el cristiano que nadie esperaba, el pintor, el tipo que aceptó el Nobel por carta. Pero hay una diferencia entre construirte una persona y subcontratar tu persona a un modelo de lenguaje.

¿Importa? No lo sé. Lo que sí sé es que si el hombre que convenció al mundo de que las canciones son literatura ahora está en el centro de una historia sobre IA que imita voces de muertos sin decírselo a nadie, algo en nuestra conversación sobre autoría se ha movido. No sé si para bien o para mal. Pero se ha movido.

Cinco dólares al mes para comprobarlo.