Cuarenta años sin Borges: la última noche en Ginebra y el escritor que todavía nos habita
El sábado 14 de junio de 1986, sobre el mediodía, los altavoces de la Feria del Libro de Madrid anunciaron la muerte de Jorge Luis Borges. Los asistentes corrieron a los puestos a comprar sus libros. No era pánico: era reconocimiento, esa forma instintiva de aferrarse a alguien cuando te dicen que ya no está.
Mañana se cumplen cuarenta años. Borges murió en Ginebra, en su apartamento de la Grand Rue 28, a las ocho de la mañana, de enfisema pulmonar. Había llegado a Suiza el 28 de noviembre del año anterior, contra toda recomendación médica. Tenía bronquitis. Los inviernos europeos no son gentiles. Pero Borges tampoco era conocido por dejarse convencer.
La noche anterior a su muerte, entró en coma. Héctor Bianciotti, escritor argentino radicado en París, llegó junto a María Kodama para hacer guardia. Lo velaron toda la noche. Hay en esa imagen algo que me detiene: el escritor ciego, que construyó laberintos de palabras, siendo acompañado en silencio por otros que amaban las palabras. Como una de sus propias ficciones.
Yo llegué a Borges tarde, lo confieso. Tenía veinte años y una compañera de facultad en Bogotá me prestó un ejemplar desportillado de Ficciones. Lo abrí sin saber bien dónde me metía. “El jardín de senderos que se bifurcan” me tomó dos lecturas para entenderlo y cuatro para empezar a disfrutarlo. Esa progresión —confusión, sospecha, deslumbramiento— es una de las más placenteras que recuerdo en mi vida lectora.
Cuarenta años después, Borges sigue siendo un nombre que divide. Sus posiciones políticas, su actitud ante el peronismo, su relación con el poder: todo eso existe y hay que mirarlo de frente. Pero también existe esto: que fue el primer autor latinoamericano vivo admitido en la colección de la Pléiade, el olimpo editorial francés. Que sus cuentos cambiaron lo que la literatura occidental podía imaginar que era posible. Que a las dos de la madrugada, cuando uno no puede dormir, ciertos párrafos suyos parecen escritos específicamente para ese momento de insomnio y vértigo.
Borges no necesita nuestros homenajes. Pero nosotros sí necesitamos seguir leyéndolo. No como reliquia: como interlocutor. Sus laberintos no tienen salida porque no están diseñados para eso. Están diseñados para que uno se pierda adentro y descubra algo sobre el tiempo, sobre sí mismo, sobre la imposibilidad de atrapar el sentido.
Si todavía no has leído Ficciones, este es el momento. Si ya lo leíste, vuélvelo a abrir. Borges no es el mismo libro dos veces.