Las brujas han vuelto a la literatura española (y esta vez no piden perdón)
Esperen. Antes de que digan «ay, otro artículo sobre brujas feministas», déjenme plantear una pregunta: ¿cuándo fue la última vez que leyeron algo sobre una bruja que no fuera ni un manual de autoayuda con cristales ni una saga de romance paranormal con el torso masculino en la portada?
Porque lo que está pasando en la literatura española ahora mismo es otra cosa.
El Cultural acaba de publicar un artículo sobre la vuelta de la figura de la bruja a la narrativa contemporánea en lengua española, y los nombres que cita no son los de autoras del género fantástico convencional. Son los de Alana S. Portero, Nerea Pallarés y Roser Cabré-Verdiell: escritoras que trabajan en la intersección de lo extraño y lo íntimo, lo político y lo corporal. La bruja como figura literaria ha dejado de ser un elemento de género para convertirse en algo más interesante: un lugar desde donde nombrar lo que el lenguaje normativo no puede.
Alana S. Portero, autora de La mala costumbre —esa novela que llegó como un puñetazo a la industria editorial española en 2023 y convirtió a Portero en una de las voces más importantes de su generación—, lleva tiempo explorando cómo los cuerpos que no encajan en la norma habitan el mundo con una especie de magia de supervivencia. La bruja, en ese marco, no es lo sobrenatural: es lo que el sistema clasifica como peligroso simplemente por existir de otra manera.
Esto no es nuevo, claro. La tradición es larguísima: de las streghe del Renacimiento italiano a las mujeres procesadas en Salem, pasando por la curandera andina y la meigas gallegas, la figura siempre ha cargado con el peso de lo que una sociedad decide condenar. Lo que cambia en 2026 es el tono. Las brujas de la literatura española contemporánea no piden perdón. No buscan redención. No explican sus poderes con paciencia pedagógica.
Anne Rice construyó su propio cosmos de brujas en Las Brujas de Mayfair con una lógica gótica y genealógica que sigue siendo referente del género. Pero lo que hacen Portero y sus contemporáneas es diferente: no construyen un universo paralelo sino que hacen visible algo que ya estaba aquí, en el presente, en el lenguaje cotidiano.
¿Y si la mejor literatura «fantástica» no inventa otro mundo sino que nombra este con más honestidad?
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