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Carlo Ginzburg, el detective de la historia, muere a los 87 años

V
Valentina Ríos
· 3 min de lectura
Carlo Ginzburg, el detective de la historia, muere a los 87 años
La primera vez que leí El queso y los gusanos fue en un café de Bogotá, con el libro apoyado contra una taza de tinto que ya se había enfriado. Menocchio, el molinero friulano del siglo XVI que imaginaba el origen del universo como un queso donde germinan los gusanos, me pareció el personaje más improbable y más real que jamás había encontrado en un libro de historia. No lo había inventado ningún novelista. Lo había rescatado Carlo Ginzburg. Carlo Ginzburg murió el 17 de junio de 2026 en Pisa, a los 87 años. Era historiador —fundador, junto a Giovanni Levi, de la llamada «microhistoria»—, pero su forma de leer los archivos era la de un detective apasionado. Donde otros historiadores veían lagunas y silencios, él veía indicios: los gestos involuntarios, las palabras equivocadas, los sueños de un campesino analfabeto que de repente revelan todo el tejido de una cultura. Nació en Turín en 1939, hijo de Leone Ginzburg —intelectual antifascista que murió en una cárcel nazi en 1944— y de Natalia Ginzburg, la escritora que nos dio Léxico familiar y Las pequeñas virtudes. Crecer entre esa herencia fue, imagino, un peso y una gracia al mismo tiempo: la historia familiar escrita en sangre y resistencia, la literatura como forma de sobrevivirla. Su primer libro, I benandanti (Los benandantes), publicado en 1966, analizaba un culto agrario en el Friuli del siglo XVI: campesinos que creían combatir en sueños contra brujos para proteger las cosechas. La Inquisición misma había documentado todo aquello —los interrogatorios, las confesiones, los sueños— y Ginzburg leyó esa documentación a la inversa: no como prueba de herejía, sino como ventana oblicua hacia un mundo de creencias que de otro modo habría desaparecido sin dejar rastro. Después llegó Mitos, emblemas, indicios, donde desplegó su famoso «paradigma indiciario»: la idea de que hay saberes —los del cazador, el médico, el detective— que operan por pistas, por detalles marginales, en lugar de por leyes generales. Morelli leyendo gestos en los cuadros, Freud leyendo sueños, Sherlock Holmes leyendo huellas. Ginzburg los unía en una misma tradición epistemológica. En los últimos años siguió publicando desde Pisa, su pensamiento cada vez más urgente. En Una historia sin final reunió ensayos sobre la relación entre historia y ficción, sobre cómo los archivos son siempre también una construcción, siempre una selección de lo que alguien decidió guardar —y de lo que decidió perder. Muere Carlo Ginzburg. Pero quedan los molineros, los benandantes, los curanderos de aldea que pensaron el cosmos a su manera y que él eligió escuchar. Leer su obra ahora es un acto de resistencia: contra el olvido, contra la simplificación, contra la historia que solo cuenta a los que ganaron.

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