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"Quiéreme como un perro pero quiéreme": el amor secreto de Cela por la madre de Javier Marías

V
Valentina Ríos
· 3 min de lectura
"Quiéreme como un perro pero quiéreme": el amor secreto de Cela por la madre de Javier Marías
Hay cartas que no deberían existir y que, sin embargo, lo explican todo. Las que Camilo José Cela, antes de ser Nobel y antes de ser monstruo y leyenda, escribió a Dolores Franco —la mujer que estudiaba con Ortega y Gasset, la que terminaría casándose con el filósofo Julián Marías y siendo madre de Javier Marías— pertenecen a ese tipo de documentos que uno lee con el corazón en un puño. "Quiéreme como un perro pero quiéreme." Así le suplicaba un Cela todavía joven, todavía sin el peso de sus propias oscuridades, a una mujer que le iba a decir que no. Una frase que tiene la brutalidad de quien ya sabe que está perdiendo. El epistolario acaba de ser descubierto y publicado por Nuria Azancot en El Cultural, y no es un chisme literario: es una ventana a la prehistoria de dos de las grandes carreras de las letras españolas del siglo XX. El Cela que escribe estas cartas no es todavía el autor de La familia de Pascual Duarte (1942) ni el de La colmena (1951). Es un muchacho que escribe con urgencia, que necesita ser querido, que se aferra a una mujer que vive en el mundo de las ideas y la cultura, el mismo mundo al que él aspira con una mezcla de ambición y torpeza. Dolores Franco era una intelectual por derecho propio: ensayista, traductora, alguien que cultivaba su propio pensamiento en los márgenes de una España que apenas dejaba espacio para las mujeres pensadoras. Eligió a Julián Marías —filósofo, discípulo de Ortega, hombre también de ideas— y de esa unión nació, en 1951, Javier Marías. El mismo Javier Marías que décadas después escribiría sobre la memoria, la traición y el tiempo con una precisión que desafía lo posible. Se me ocurre pensar en lo extraño que es el destino cuando se mira hacia atrás. Si Dolores Franco hubiera cedido a las súplicas de Cela, la historia de la literatura española habría sido otra. El Nobel de 1989 y el futuro candidato eterno al Nobel (que jamás llegó a tenerlo, aunque merecía varios) habrían compartido algo más que el idioma y la época. Lo que estas cartas nos recuerdan es que los grandes escritores, antes de serlo, son personas que piden. Que imploran. Que no saben todavía que el rechazo puede convertirse en materia prima. Que amar a alguien que no te ama de vuelta es, quizás, una de las escuelas más brutales para quien aprende a escribir. Leo estas cartas y pienso en Dolores Franco, en lo que habrá pensado cuando, años después, Cela publicó La colmena y el mundo supo su nombre. En si habrá guardado esas cartas con ternura o con algo parecido a la incomodidad. En cómo le habrá explicado a Javier, ya adulto, que el hombre que ganó el Nobel le había escrito cartas de amor cuando era joven. El epistolario no es un escándalo. Es literatura dentro de la literatura.