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¿Quién juzga el Premio Booker Infantil? Niños de verdad.

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Sigrid Nørgaard
· 3 min de lectura
¿Quién juzga el Premio Booker Infantil? Niños de verdad.

La Booker Prize Foundation ha hecho algo poco habitual, aunque ellos probablemente dirían que es obvio una vez explicado: para su nuevo Premio Booker Infantil, han incluido niños de verdad entre los jueces.

No como figuras decorativas. Tres jueces infantiles de entre ocho y doce años, seleccionados mediante una convocatoria abierta, se unirán al jurado adulto y votarán junto a ellos. La lista corta de ocho títulos se anunciará en noviembre de este año; el ganador —cincuenta mil libras esterlinas, el premio de literatura infantil más cuantioso del Reino Unido— en febrero de 2027.

Llevo un día dándole vueltas a este detalle y no consigo descartarlo.

Los jueces adultos son Frank Cottrell-Boyce, escritor y guionista infantil; Lolly Adefope, cómica y actriz; y Sanchita Basu De Sarkar, librera especializada en literatura infantil. Los tres han pensado seriamente en ese rango de edad. Pero la decisión de dar a los niños un voto real —no una consulta simbólica, un voto— es una admisión implícita de que la literatura infantil ha sido durante mucho tiempo mal juzgada cuando la evalúan exclusivamente adultos, que tienden a recordar la infancia como se recuerda un país extranjero visitado una sola vez: con gran afecto y con detalles poco fiables.

¿Qué significa juzgar un libro? Los criterios varían según quién responda. Los adultos que evalúan ficción infantil tienden a valorar el vocabulario, los matices morales y la complejidad emocional tal como ellos la entienden. Los niños, si la investigación sobre hábitos lectores significa algo, quieren algo ligeramente distinto: sentirse vistos y sorprendidos. Los libros que logran ambas cosas suelen sobrevivir a los que simplemente instruyen.

El premio abarca ficción para lectores de entre ocho y doce años —no álbumes ilustrados, no literatura juvenil, sino ese espacio lector donde los niños leen de forma independiente y forman los hábitos lectores que llevarán el resto de su vida. Lo que se elija aquí, y por quiénes, importa más allá de una sola ceremonia.

Hay algo calladamente subversivo en toda la estructura. Los mejores libros infantiles no los escribieron niños, pero sí los escribieron para la forma específica en que un niño lee —antes de los filtros acumulados de la educación literaria, antes de aprender cuáles sentimientos se supone que deben avergonzarnos. Me pregunto qué elegirán los niños jueces, y si reconoceremos en su elección lo que ellos están respondiendo.