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Lo que Gertrude Stein todavía tiene que enseñarnos, a través de Deborah Levy

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Sigrid Nørgaard
· 3 min de lectura
Lo que Gertrude Stein todavía tiene que enseñarnos, a través de Deborah Levy

Hay algo en la naturaleza de París que invita a un tipo particular de retrospección: la ciudad como archivo, como espejo, como el lugar donde los escritores anglófonos siempre han venido a convertirse en algo distinto de sí mismos. Hemingway lo hizo; Baldwin lo hizo; y Gertrude Stein, que vivió allí casi cuatro décadas, se convirtió de tal modo en el mobiliario de la ciudad que la propia ciudad parece haberla absorbido.

El nuevo libro de Deborah Levy, My Year in Paris with Gertrude Stein (Farrar, Straus and Giroux), es a la vez una memoria, una pieza de crítica, y algo que resiste ambas etiquetas con la característica obstinación de Levy. Es el relato de un año que la autora pasó en París —el título tomado deliberadamente de la propia Autobiografía de Alice B. Toklas de Stein, que tampoco es del todo una autobiografía— rastreando la vida de una mujer que fue central para el modernismo literario y que, durante décadas, fue sistemáticamente poco leída.

Stein es una herencia complicada. Escribió de un modo que hacía sentir torpes a muchos lectores, como si el fallo estuviera en ellos y no en una prosa que estaba haciendo algo genuinamente nuevo. Picasso la frecuentaba; Hemingway la admiró antes de dedicar energía considerable a menospreciarla. Virginia Woolf en Una habitación propia —publicado en 1929, el mismo año en que la carrera de Stein alcanzó una meseta peculiar— preguntó si la escritura de las mujeres recibiría alguna vez el apoyo institucional que necesitaba. La pregunta no era retórica.

Levy, cuya trilogía autobiográfica rastreó las condiciones necesarias para que una escritora exista sin disculpas, lleva a Stein un tipo particular de atención: no reverencia, sino reconocimiento. El resultado es un libro que enseña a leer a Stein no explicándola sino pensando junto a ella. El mundo modernista que Stein habitó —un París de trabajo sostenido, de dos mujeres construyendo una vida que el establishment literario prefería ignorar— encuentra su eco en El buen soldado de Ford Madox Ford, una novela de traición velada de 1915 que cartografía el mismo mundo eduardiano desde el ángulo que los hombres controlaban.

Lo que Levy entiende —y lo que hace que este libro sea más que una colección de ensayos— es que el París de Stein no era el mismo que el de Hemingway o Fitzgerald. Era un París de trabajo, de dos mujeres construyendo algo duradero mientras los hombres a su alrededor escribían sobre construir algo duradero.

El libro llega en un momento en que la pregunta sobre qué escritoras han sido correctamente valoradas y cuáles han sido sistemáticamente ignoradas resulta menos académica de lo que solía ser. Levy no hace ese argumento en voz alta. Lo hace prestando atención.

Lo que queda, cuando cierras el libro, es una pregunta que la propia Stein habría aprobado: no si fue subestimada, sino cuánto más diferente habríamos leído todo lo demás si ella hubiera estado correctamente allí.

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