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La Apachería que nadie contó: Álvaro Enrigue y el arte de volver a los silenciados

V
Valentina Ríos
· 3 min de lectura
La Apachería que nadie contó: Álvaro Enrigue y el arte de volver a los silenciados

Hay libros que llegan tarde y llegan bien. Ahora me rindo y eso es todo fue publicado originalmente en español en 2018, pero su edición en inglés —bajo el título Now I Surrender, en la traducción de Natasha Wimmer— acaba de aterrizar en las librerías anglófonas, y ha traído consigo algo que pocas novelas consiguen: reabrir una herida que ni siquiera sabíamos que teníamos.

La herida es esta: durante décadas, la historia de los apaches ha sido contada desde el norte del Río Grande. Cowboy movies, westerns, el imaginario de Hollywood. Álvaro Enrigue, escritor mexicano que hoy enseña literatura latinoamericana en Nueva York, se preguntó: ¿y México? ¿Qué hizo México con los apaches? La respuesta lo llenó de vergüenza y de palabras.

La novela sigue tres hilos que se trenzan con la elegancia de una ópera: un teniente coronel mexicano que persigue en 1836 a una banda apache que ha secuestrado a una mujer de la frontera; la última marcha de Gerónimo hacia su rendición definitiva en el Cañón Skeleton en 1886; y un escritor contemporáneo —espejo apenas velado del propio Enrigue— que viaja con su familia dispersa por el suroeste de Estados Unidos en busca de los fantasmas de la Apachería. Ese territorio que existió entre Sonora, Chihuahua, Arizona y Nuevo México, y que hoy es sólo desierto y olvido.

Recuerdo haber leído, de niña en Bogotá, La historia de la vida de Gerónimo —ese relato dictado por el propio guerrero apache a S. M. Barrett en 1906— y sentir que tocaba algo muy antiguo, algo que la tierra no había terminado de soltar. Enrigue lleva esa misma sensación a la novela: Gerónimo es "nitroglicerina", escribe. Lo tocas y explota.

Lo que me conmueve de este libro —y que Enrigue ha explicado en entrevistas con una honestidad que pocas veces se ve— es el acto de reparación que representa el viaje por el suroeste. Visitar tumbas, ponerse de pie ante paisajes que fueron una nación entera. "Como mexicano, era una forma de decir: lo siento." No todos los escritores tienen el valor de escribir desde la deuda histórica sin convertirla en espectáculo ni en autoindulgencia.

La influencia de Roberto Bolaño es visible y confesada —la traductora Natasha Wimmer tradujo también a Bolaño, y Enrigue lo celebra como una especie de firma en el texto—, pero Ahora me rindo tiene su propia cadencia, su propia forma de combinar la épica y la ironía. La sección final, titulada "Aria", cierra la novela como un golpe suave. No quiero decir más.

Busca este libro. Y si mientras esperas quieres entender mejor la obsesión con Gerónimo que atraviesa la literatura latinoamericana, lee Deseo de ser piel roja de Miguel Morey, un ensayo que tiene mucho de confesión y mucho de amor.