Ern Malley nunca existió. Sus poemas, sí. ¿Eso importa?
Dos poetas australianos deciden, una tarde de 1943, crear un poeta falso. Lo llaman Ern Malley. Le inventan una vida breve y trágica: nació en 1918, murió a los 25 años de fiebre glandular, dejó una carpeta de poemas que nadie había leído. Sus «hermanas» —en realidad los propios autores del engaño, James McAuley y Harold Stewart— envían los poemas a Angry Penguins, la revista literaria más vanguardista de Australia. El editor Max Harris los publica con entusiasmo feroz. Los llama obra maestra. Escribe ensayos.
Después viene el escándalo. McAuley y Stewart revelan la broma: escribieron los poemas en una sola tarde, mezclando frases de un diccionario de citas, un manual de Shakespeare y un libro de infantería del ejército. El objetivo era probar que el modernismo era un engaño, que cualquier galimatías con suficiente oscuridad pasaría por poesía de vanguardia. Y funcionó. Harris quedó en ridículo. Los periódicos australianos lo destrozaron.
Aquí viene la parte que a mí me interesa: los poemas de Ern Malley resultaron ser... bastante buenos. No en el sentido en que lo diría un crítico apologético. En el sentido en que, con el tiempo, poetas de verdad —Allen Ginsberg, Frank O'Hara, John Ashbery— empezaron a citarlos. En el sentido en que hoy están en antologías. Borges, que entendía mejor que nadie los juegos de identidad y autoría, se habría reído mucho con esto — y luego lo habría convertido en cuento.
La pregunta que deja el caso Malley es incómoda: ¿importa quién escribió algo? ¿Puede un poema escrito como parodia ser genuinamente bueno? ¿O «genuinamente bueno» es una categoría que el lector construye sin el autor en la ecuación? McAuley y Stewart querían demostrar que el modernismo era vacío. Demostraron, accidentalmente, que el modernismo funciona incluso cuando lo escriben dos personas que lo odian.
La historia la rescató Book Riot esta semana, y tiene sentido en este momento: vivimos en una era donde los textos generados por IA reciben premios, donde la autoría es cada vez más porosa, donde el origen de una voz importa menos que lo que esa voz hace al llegar al lector. Ern Malley llegó sin cuerpo. Bolaño lo habría entendido perfectamente — él también jugaba con poetas muertos y voces prestadas.
¿Importa quién eres para escribir algo que valga la pena leer? Responde tú.
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