Fatima Bhutto escribe sobre una relación abusiva y una conexión con un animal. Las dos cosas juntas.
Pregunta: ¿cuándo fue la última vez que un libro de memorias te hizo pensar en algo que no esperabas pensar?
La Los Angeles Review of Books reseñó esta semana el nuevo libro de Fatima Bhutto —nieta del primer ministro pakistaní asesinado, escritora que ha navegado toda su vida entre mundos que no se comunican bien entre sí— describiendo una obra que investiga dos cosas a la vez: una relación humana abusiva y una conexión sostenedora con algo no humano. Los dos términos de esa ecuación se iluminan mutuamente de maneras que la crítica describe como raras y necesarias.
Esto me interesa por razones que van más allá del libro en sí. En los últimos años ha habido una explosión de escritura sobre el vínculo entre humanos y animales —no el vínculo sentimental de los libros sobre perros que todo el mundo regala en Navidad, sino algo más complicado: la pregunta de qué aprendemos sobre nosotros mismos cuando prestamos atención a formas de ser que no se parecen a la nuestra.
Borges escribió sobre eso, a su manera oblicua. Pizarnik también, aunque desde un ángulo completamente diferente. Hay algo en esa pregunta —qué nos hace humanos cuando dejamos de estar seguros de que eso es algo que queremos ser— que la buena escritura no puede evitar tocar.
Bhutto, que escribe desde una posición donde el poder familiar y la violencia política son parte del paisaje de fondo, añade una capa que pocos escritores de naturaleza pueden ofrecer: la de alguien que conoce el daño desde adentro, y que busca en lo no humano no una escapatoria sino una forma de entenderlo mejor. Eso, si la reseña es fiel al libro, es algo que vale la pena buscar.
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