¿La ficción de prestigio está muerta? Depende de a quién le preguntes
Oye. Tengo una pregunta directa: ¿cuándo fue la última vez que leíste algo que se llamara a sí mismo "ficción de prestigio" y no te hiciera sentir un poco culpable de estar leyéndolo? Como si necesitaras justificar tu elección. Como si el libro exigiera que tú también te volvieras prestigioso solo por abrirlo.
La Los Angeles Review of Books publicó esta semana una reseña de Novel Competition: Cultural Economy 1965-1999 de Evan Brier que básicamente hace una autopsia de la ficción literaria americana de las últimas décadas. El argumento es que el "libro serio" —ese artefacto que gana premios, es recomendado por los suplementos culturales correctos y aparece en las mesas de novedades de ciertas librerías— perdió su centralidad cultural. La pregunta es: ¿a quién le importa?
Porque hay dos maneras de leer esa noticia. La primera: algo se rompió en el contrato entre la ficción seria y su público, y estamos viviendo las consecuencias. La segunda, que es la que prefiero: la "ficción de prestigio" siempre fue una categoría construida para excluir tanto como para incluir. Borges era popular en Argentina antes de ser canonizado en el norte global. Pizarnik escribía para un público reducido y sin embargo definió una forma de sensibilidad que todavía resuena.
Lo que sí me parece cierto: las categorías están explotando. Lo "literario", lo "popular", lo "de género", lo "experimental" —están todos mezclados de maneras que hacen que las viejas taxonomías sean inútiles. Y quizás eso sea lo mejor que ha pasado en literatura en mucho tiempo. Las listas son menos fiables que antes. Los libros que importan ya no son necesariamente los que ganan los premios que importaban.
¿Eso es la muerte de algo, o el principio de algo más interesante?