De la glásnost al silencio: lo que Rusia nos dice sobre los libros y el poder

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Sigrid Nørgaard
· 3 min de lectura

Hay una fotografía que regresa a mi mente con frecuencia: una librería soviética en Leningrado, 1988, los estantes de repente llenos de Bulgákov y Pasternak tras décadas de ausencia. Mi padre describía algo similar en Copenhague aquel mismo año: esa sensación extraña y vertiginosa cuando los libros que solo se mencionaban en susurros aparecían de pronto a plena luz. La glásnost hizo eso. Convirtió lo prohibido en ordinario, y por un breve momento irracional, la gente creyó que lo prohibido permanecería así.

El nuevo ensayo de Svetlana Satchkova en Literary Hub traza el arco desde aquel momento hasta el presente: desde las aperturas literarias de la era Gorbachov hasta el silenciamiento sistemático que se ha ido desplegando bajo Putin, acelerándose dramáticamente desde 2022. No es un ensayo cómodo de leer. Es el tipo de escritura que te hace dejar el café y quedarte con el peso de lo que está siendo descrito.

Los mecanismos de control son, a estas alturas, desoladoramente familiares. Leyes tan vagas que pueden significar cualquier cosa. Denuncias que parecen tomadas de los años treinta. La criminalización de la propia palabra «guerra»: una novela que llama a la invasión de Ucrania por su nombre propio se convierte, legalmente, en un documento sedicioso. Una novela juvenil, Verano en un campamento pionero, sobre dos chicos y un verano cualquiera, fue retirada de las librerías tras la condena estatal. Destrozado, de Max Falk, fue impresa con el tres por ciento de su texto ennegrecido, testimonio visual de la absurdidad en que se convierte la literatura cuando el Estado insiste en editarla. Dos dramaturgas, Berkovich y Petriychuk, fueron condenadas a seis años de prisión por una obra que la fiscalía afirmó que promovía el terrorismo. La editorial Popcorn Books se vio obligada a cerrar a finales del año pasado.

Lo que Satchkova nombra con precisión es el mecanismo más insidioso de todos: la autocensura. «El objetivo era difundir incertidumbre y miedo», escribe, «para que la gente comenzara a censurarse a sí misma. Y funcionó.» Este es el verdadero coste de la represión literaria: no solo los libros que son prohibidos o ennegrecidos, sino los libros que nunca se escriben porque el escritor ya ha calculado el riesgo antes de poner la primera palabra. La biblioteca de lo no escrito es siempre mayor que la que podemos ver.

Pienso en Knut Hamsun, que tomó las decisiones políticas equivocadas al final de su vida y pasó el resto de sus años bajo su sombra. Pienso en Knausgård, cuyos seis volúmenes de implacable exposición personal fueron recibidos en Noruega con ese tipo particular de rabia que surge del reconocimiento. La literatura siempre ha existido en tensión con el poder. Pero hay una diferencia entre una literatura que perturba y una literatura que es silenciada: la diferencia entre la incomodidad y el borrado.

Lo que el ensayo de Satchkova pregunta en último término, sin llegar a formularlo del todo, es si en Occidente estamos prestando atención en el momento adecuado. La represión es más fácil de resistir cuando es temprana y parcial que cuando es completa. La librería de Leningrado en 1988 era una especie de milagro precisamente porque era temporal. Lo que viene después del silencio no suele ser, por lo general, otra apertura.