La encuesta que confirma lo que ya sabíamos: casi la mitad del mundo editorial usa IA
Hagámonos la pregunta incómoda: ¿qué tan sorpresivo es que casi la mitad de los profesionales del mundo editorial usen inteligencia artificial? Según una encuesta conjunta de BISG y BookNet Canada publicada esta semana, el 47% de los trabajadores del libro en Norteamérica ya incorpora alguna herramienta de IA en su flujo de trabajo —y lo hace, en muchos casos, con la misma culpa silenciosa con la que uno lee el spoiler de una novela que todavía no terminó.
Lo interesante no es el porcentaje. Lo interesante es que la mayoría lo hace a pesar de tener preocupaciones serias sobre derechos de autor. Sabemos que hay un problema. Lo usamos igual. Esto no es hipocresía, es práctica. O, para recurrir a Umberto Eco antes de lo que pensaba: es ser "integrado" antes que "apocalíptico". Aunque los integrados de 2026 tienen que convivir con la incomodidad de que el paraíso tecnológico se construyó, en parte, sobre millones de libros digitalizados sin permiso. Si les interesa la genealogía completa de ese debate, el Eco de Apocalípticos e integrados —escrito en 1964 sobre la televisión y la cultura de masas— sigue siendo más vigente de lo que debería.
La encuesta, además, no pregunta para qué se usa la IA. Y ahí está lo fascinante del vacío. ¿Para corregir un correo a las nueve de la noche cuando ya no queda energía? ¿Para generar un primer borrador de sinopsis que el editor humano va a reescribir de todos modos? ¿Para resumir un manuscrito de novecientas páginas antes de decidir si vale la pena leerlo? La IA no tiene una sola cara en el mundo editorial, tiene tantas como el número de personas que la abren en modo incógnito porque no saben bien cómo justificarlo.
Existe una brecha enorme entre el debate público —apocalíptico en los titulares, resignado en los pasillos de la feria— y lo que pasa en las oficinas. En los debates públicos, la IA amenaza el arte, destruye la creación, convierte la cultura en función de predicción de texto. En las oficinas, alguien la usa para redactar el párrafo de solapa de un libro que llegó hace dos días con fecha de entrega para ayer.
¿Y los derechos de autor? La encuesta indica que las preocupaciones existen pero no frenan el uso. El gran litigio de Anthropic —ese acuerdo de 1,5 mil millones que todavía está pendiente de audiencia— no cambió el comportamiento cotidiano de los editores. Y mientras el sistema legal tarda años en procesar lo que la tecnología hizo en meses, el mundo editorial sigue funcionando con una mezcla de pragmatismo y ansiedad difusa.
No tengo una posición moral perfecta sobre esto. Tampoco la tienen las personas que respondieron la encuesta. Esa es, en realidad, la noticia: no que la IA esté aquí, sino que la ambivalencia es la norma. Y la ambivalencia no es ignorancia. A veces es la única respuesta honesta ante algo que cambió demasiado rápido. ¿Tú ya la usas?