Hombres enamorados: Irvine Welsh regresa a su territorio favorito
Ernesto Calabuig, en El Cultural, describe Hombres enamorados, la nueva novela de Irvine Welsh, como «la resaca de Trainspotting entre drogas, sexo y diferencias de clase». Lo cual es, con algún adjetivo más o menos, lo que se ha dicho de cada novela de Welsh desde 1993. El hombre tiene una fórmula, sabe que funciona y no muestra ninguna intención de abandonarla.
Esto no es necesariamente una crítica.
Hay una extraña tranquilidad en abrir una novela nueva de Welsh. Sabes lo que vas a encontrar: las cadencias de Edimburgo transcritas en fonética aproximada, hombres de clase trabajadora navegando por el deseo y la autodestrucción con distintos grados de conciencia, la estructura de clases tratada como una herida abierta más que como un telón de fondo. Hombres enamorados — el título en español sugiere que el original inglés podría llamarse simplemente Men in Love — aparentemente cumple en todos los frentes.
El territorio de Welsh siempre ha sido la distancia entre quiénes quieren ser sus personajes y lo que el mundo les permitirá llegar a ser. Es una distancia más estrecha en la era del streaming y la cultura del autoayuda, pero Welsh sigue sondeándola como si nada hubiera cambiado desde que Sick Boy y Mark Renton deambulaban por Leith. Sus detractores llaman a esto repetición. Sus admiradores lo llaman coherencia. Los dos tienen razón, que es exactamente el problema de cualquier escritor que encuentra un registro verdadero y se queda en él.
Lo que hace interesante a Welsh en 2026 — y la crítica de El Cultural apunta a esto — no es solo que escriba sobre la clase social, sino que lo haga con rabia genuina. La novela inglesa de costumbres siempre ha sabido observar la clase. Las novelas de Welsh saben despreciarla. Hay una diferencia, y no es pequeña.
Pienso en Anthony Bourdain, igualmente obsesionado con las jerarquías en registros distintos. Welsh escribió el prólogo de la edición del 25.º aniversario de Confesiones de un chef — dos escritores que entendieron, en sus distintos idiomas, que la gente que cocina tu comida y la gente que produce tu cultura rara vez son las mismas personas, y que eso no es un accidente.
Hombres enamorados ha sido recibida con la ambivalencia cuidadosa que recibe el Welsh de última época: suficiente respeto por su trayectoria para garantizar la generosidad, suficiente cansancio con la fórmula para preguntarse si algún día llegará algo nuevo. No llegará. Pero la fórmula sigue teniendo pulso, lo cual ya es más de lo que puede decirse de la mayoría de sus contemporáneos.
Lleva escribiendo la misma novela desde 1993. Un día parará, y entonces lo echaremos de menos.