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Knox County devuelve 'Raíces' a sus bibliotecas: sobre los libros que no se pueden prohibir

V
Valentina Ríos
· 3 min de lectura
Knox County devuelve 'Raíces' a sus bibliotecas: sobre los libros que no se pueden prohibir

Hay libros que las bibliotecas no pueden guardar en silencio. Uno los toca y siente el pulso de algo más grande que el papel: la resistencia, la memoria, el testigo que no acepta que la historia sea borrada.

El 28 de mayo, Knox County, Tennessee —un condado de más de 60.000 estudiantes, con Knoxville al centro— restituyó Roots: The Saga of an American Family de Alex Haley a sus estanterías escolares, apenas unas semanas después de haberlo retirado. La razón oficial del retiro había sido una ley estatal sobre materiales «apropiados para la edad». La razón real, como siempre, era más incómoda: Roots cuenta la historia de Kunta Kinte, un hombre capturado en Gambia y esclavizado en América, y la de sus descendientes durante generaciones. Un libro que obliga a mirar lo que muchos prefieren ignorar.

El superintendente Jon Rysewyk lo dijo con unas palabras que vale la pena guardar: «Retirar cualquier libro de circulación es, y debe ser, una decisión enorme. Nuestra intención siempre será errar del lado del acceso.» Hermoso en teoría. Necesario, siempre.

Recuerdo la primera vez que llegué al eco de Roots —no al libro directamente, que vino después, sino a la conversación que generaba, a esa sombra que algunos adultos llevaban cuando lo mencionaban, como si fuera demasiado grande para nombrarse sin cuidado. Luego, el libro. La saga de Haley no es fácil de leer: es densa, larga, brutal en sus detalles. Pero es precisamente esa densidad la que hace imposible mirar hacia otro lado. No es una metáfora ni una alegoría. Es un testimonio construido ladrillo a ladrillo.

La censura literaria en Estados Unidos sigue siendo una herida abierta. No es casualidad que los libros que más se prohíben sean aquellos que hablan de cuerpos que el poder prefiere invisibles: cuerpos negros, cuerpos queer, cuerpos que sufrieron y sobrevivieron para contarlo. Prohibir un libro no hace que la historia desaparezca —hace que los jóvenes que la necesitan crezcan sin acceso a ella. Para entender la tradición de escritores afroamericanos que convirtieron su vida en testimonio político, hay un retrato extraordinario en My America de Randal Maurice Jelks: Langston Hughes como joven radical y ciudadano del mundo, en las ciudades que lo formaron y transformaron.

El ensayista Jacob Mchangama, en Libertad de expresión, traza la historia milenaria del derecho a hablar —y también de sus límites, sus traiciones, sus paradojas. Leerlo junto a Roots es entender que esta lucha no es nueva, y que tampoco termina con una sola decisión burocrática en Tennessee.

Me alegra que Knox County haya dado marcha atrás. Pero lo que me preocupa son los distritos donde la misma historia termina diferente —donde los libros no vuelven, donde alguien de quince años nunca llegará a Kunta Kinte porque alguien decidió que era demasiado. Si tienes Roots en algún pendiente, este es el momento.

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