César Aira escribió una novela en francés en 1996, nunca la publicó, y una cláusula contractual acaba de traerla de vuelta
Imagina que tienes un manuscrito en francés que escribiste en 1996, nunca lo publicaste, y treinta años después una cláusula en un contrato editorial te obliga a entregar una novela inédita. ¿Qué haces? Si eres César Aira, la buscas, la relees, la traduces al español tú mismo —con algunos retoques— y la publicas. Así nació La sala: una novela francesa, el libro más extraño y más honesto de la temporada, y posiblemente uno de los documentos más reveladores sobre cómo funciona la cabeza de uno de los escritores más productivos y desconcertantes de la literatura en español.
El contexto importa. En los años noventa, las breves novelas de Éditions Minuit eran un fenómeno cultural en Francia —ese sello que editó a Beckett, Marguerite Duras, Claude Simon—. Aira, que siempre ha operado desde el margen y la rareza, pensó que podía escribir una. Se la encontró décadas después en un cajón. Hoy la leemos en español, vertida por el mismo autor que la escribió en francés y que, en el proceso de traducción, también la mejoró un poco. ¿Es eso trampa o es exactamente lo que hacen todos los escritores pero sin admitirlo?
La novela en sí es pura máquina Aira: un electricista desempleado se muda de la periferia parisina a una habitación pequeña en el centro de la ciudad y descubre una sala de cine que proyecta imágenes de cementerios y tumbas en sesión continua. Jóvenes coreanos entran y salen constantemente. Nadie explica nada. Aira nunca explica nada. Esa es la regla del juego.
Y luego está Duras. El dolor de Marguerite Duras es uno de los libros más desgarradores escritos sobre la espera y la pérdida; Duras como presencia espectral en La sala no es un homenaje decorativo sino algo más raro: la convocación de un fantasma que también era fantasma en vida, alguien que escribía desde el borde de lo decible. El minimalismo de Minuit como postura estética, revisitada desde la distancia y la ironía de un escritor argentino que jamás vivió en París.
¿Qué hace uno con un libro que fue escrito en otro idioma, abandonado durante décadas, y recuperado por una cláusula contractual? Lo lee, sobre todo. Porque La sala es de esas rarezas que solo produce un autor como Aira, que lleva publicadas más de cien novelas, que escribe a mano en cafeterías de Buenos Aires, y que tiene un método de trabajo tan conocido como inexplicable: no reescribe, no corrige, avanza. Lo que hay está. Lo que falta, no se busca.
Si no han leído nada de Aira, este podría ser el comienzo, o el equivocado para empezar y el adecuado para cuando ya lo conocen. Pueden también probar con El mármol, otra de sus inclasificables. Con Aira nunca se sabe cuál es la puerta de entrada correcta. Eso también es parte del trato.