La hija que Cervantes no mencionó: Martha Bátiz saca a Isabel Saavedra de la sombra
Hay libros que uno necesita antes de conocerlos. Eso me pasó cuando leí que la escritora mexicana Martha Bátiz había tardado doce años en escribir Las Cervantas —doce años rastreando la vida de Isabel Saavedra, la hija ilegítima de Miguel de Cervantes, una mujer que acumuló fortunas y escándalos mientras su padre escribía el libro más leído de la historia—. Doce años para rescatar a una mujer que el tiempo había convertido en nota al pie.
Quienes conocemos a Cervantes por Don Quijote o sus Novelas ejemplares tendemos a olvidar que detrás del escritor había una familia de mujeres que lo sostuvieron: su madre, sus hermanas Magdalena y Andrea, su sobrina Constanza. Fueron ellas quienes reunieron el dinero para pagar su rescate en Argel. Sin ellas, Alonso Quijano jamás habría salido a los caminos de La Mancha.
Isabel de Cervantes y Saavedra fue la hija que el autor tardó en reconocer. Nacida de su relación con Ana de Villafranca, creció en una taberna, aprendió el mundo desde abajo y, contra todo pronóstico, llegó a ser una mujer de negocios formidable en el Madrid del siglo XVII. Bátiz —nacida en Ciudad de México en 1971, radicada en Canadá— se preguntó al principio si era ella la persona adecuada para contar esta historia. La respuesta que encontró me parece hermosa: las mujeres que el canon literario ningunea no pertenecen a ninguna geografía. Le pertenecen a cualquiera que quiera leerlas.
Lo que hace de Las Cervantas algo más que una novela histórica convencional es su gesto político. No es un ejercicio de rehabilitación sentimental, sino una recuperación de la agencia: Isabel no era una víctima de su bastardía ni una libertina, sino —en palabras de Bátiz— "una rebelde y una rara avis de su época", alguien que encontró fisuras en la estructura rígida del siglo XVI y las aprovechó con inteligencia. Eso es más difícil de retratar que el sufrimiento, y más necesario.
Pienso en cuántas Isabeles existen en la literatura en español. Pienso en las mujeres de Cervantes que sí tuvieron voz —la gitanilla Preciosa, Dorotea, Marcela—, y en las que no la tuvieron. Pienso también en el trabajo que llevan décadas haciendo escritoras latinoamericanas de rescatar personajes femeninos que la historia oficial dejó en los márgenes: Elena Poniatowska, Rosa Montero, Cristina Rivera Garza. Ahora Martha Bátiz se suma a esa línea con una novela que no pide permiso.
Las Cervantas llega en un momento en que la novela histórica con perspectiva de género no es ya un subgénero sino una corriente central de la literatura en español. Me alegra que sea una escritora mexicana —con el doble extrañamiento de la distancia geográfica y cultural— quien haya encontrado en Isabel a su gemela literaria. A veces hace falta alejarse de algo para verlo con toda su claridad.
Si no conocen aún a Bátiz, este es el momento. Y si quieren preparar el terreno, siempre hay una vuelta pendiente a las páginas de las Novelas ejemplares.