Marta Platel gana el Fernando Lara: la novela que convierte la traición en herencia
Hay libros que lees y sientes que alguien te está contando un secreto que guardaba desde hace años. No un secreto de folletín, sino uno de esos que se heredan con la sangre y no tienen nombre propio, que se instalan en los huesos de las familias como la humedad en las casas antiguas. Así escribe Marta Platel. Y así gana premios.
Esta semana, en la XXXI edición del Premio Fernando Lara —ciento veinte mil euros, gala en el Real Alcázar de Sevilla, una institución que lleva treinta y un años apostando por la ficción popular con columna vertebral literaria—, la barcelonesa Marta Platel se alzó ganadora con una novela que convierte la traición en herencia. El jurado destacó su «intensidad emocional sostenida» y su «perfección técnica». La editora lo dijo mejor: que era una historia de mujeres que cargan los peores secretos de los hombres que amaron, y los pagan enteras.
Si conoces a Marta Platel, esta noticia no te sorprende. Si no la conoces, te cuento: con El último vuelo de la abeja reina ya demostró que sabe construir mundos donde los secretos tienen temperatura propia, donde las herencias envenenan más que enriquecen, donde una mansión escocesa puede guardar en sus paredes una traición que ha esperado décadas para salir a la luz. Era una promesa. El Fernando Lara es su cumplimiento.
El premio, fundado en 1995 por la Fundación José Manuel Lara, lleva décadas apostando por la idea de que ficción popular y ambición literaria no son categorías opuestas. Lo ganaron antes Manel Loureiro, Sergio Vila-Sanjuán, y una larga lista de autores que demostraron que el gran público puede exigir, y que los buenos escritores pueden entregarlo. Platel entra ahora en esa historia no porque haya bajado el listón, sino porque ha escalado cada peldaño con destreza y sin aspavientos.
Me pregunto qué habrá en esa nueva novela —todavía sin fecha de publicación oficial— que convenció al jurado de que este año, entre todos los manuscritos recibidos, este era el que merecía esa placa y ese cheque y ese aplauso bajo las arquerías árabes del Alcázar. Me pregunto cuánto de Platel hay en esa traición heredada, cuánto de sus propias lecturas, cuánto de esa voz suya que consigue que leer se sienta como escuchar.
García Márquez decía que todos sus libros venían de una imagen. Clarice Lispector decía que escribir era buscar entender lo que ya sabía. Platel, sin decirlo, parece escribir para encontrar lo que todavía no nos ha contado. Y eso, al final, es lo que convierte un premio en una promesa que vale la pena esperar.