Murakami escribe su primera protagonista femenina y el mundo literario contiene la respiración
Llevo años esperando esta noticia sin saber que la esperaba. Haruki Murakami, el autor japonés cuyas novelas habitan mis estanterías desde los veinte años, acaba de anunciar su primer libro en el que una mujer es la única protagonista. Se llamará El cuento de Kaho, saldrá en Japón el 3 de julio y es, después de más de cuatro décadas escribiendo, la primera vez.
Hombres sin mujeres, su colección de relatos de 2014, ya apuntaba hacia algo. El título era una confesión: en el universo de Murakami, los hombres existían definidos por la ausencia de ellas, por la incapacidad de comprenderlas del todo. Las mujeres eran el misterio, el faro inalcanzable, el eco que se escucha pero nunca se ve. Ahora Kaho —una joven autora de libros ilustrados de 26 años que busca la salida de un mundo extraño— ocupa el centro sin intermediarios masculinos.
No seré hipócrita: llevan décadas diciéndolo. Las feministas literarias, las lectoras, algunas críticas que leía en revistas de papel cuando todavía compraba revistas de papel. Las mujeres de Murakami eran a menudo objetos de deseo, figuras etéreas que los protagonistas masculinos anhelaban sin llegar a entender. La noticia de El cuento de Kaho llega, entonces, como una apertura tardía pero real.
La novela nace de cuatro relatos publicados en la revista japonesa Shinchō —el último apareció en marzo de este año— que Murakami ha tejido en un volumen. Los lectores en español tendremos que esperar: la traducción inglesa ni siquiera tiene fecha. Pero existe un anticipo: la primera historia, «Kaho», apareció en The New Yorker en 2024, traducida por Philip Gabriel, el mismo que ha vertido al inglés algunas de sus obras más queridas. Quien pueda leerla: háganlo. Es una especie de cuento de hadas distorsionado, con ese sabor peculiar de Haruki Murakami que mezcla lo cotidiano con lo inexplicable.
Descubrí Tokio blues. Norwegian Wood en una librería de segunda mano de Medellín cuando tenía diecisiete años. No sabía nada de Japón, pero esas páginas me convencieron de que la soledad tiene el mismo sabor en todos los idiomas. Con los años aprendí a leer a Murakami con esa mezcla de afecto y exasperación que a veces siento con los autores que amo demasiado: el talento inmenso y la zona ciega. Pienso en Clarice Lispector, que tampoco empezó escribiendo mujeres plenas; las escribió tardíamente, tortuosamente, hasta que llegó A paixão segundo G.H. y algo se rompió en el mejor sentido.
El cuento de Kaho me parece un paso hacia esa zona. Murakami no es el primero en llegar tarde a este reconocimiento —la historia literaria está llena de escritores que tardaron décadas en ver a sus personajes femeninos como sujetos plenos—, pero quizás sí el más sorprendente, viniendo de quien viene. Lo que importa ahora es si Kaho tiene vida propia, voz propia, o si sigue siendo una variante del eterno misterio femenino. Para saberlo, habrá que leer.