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Pérez-Reverte sin ficción: las guerras que no se inventó

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Dani Carrasco
· 4 min de lectura
Pérez-Reverte sin ficción: las guerras que no se inventó

Hay una frase de Arturo Pérez-Reverte que lleva días dándome vueltas en la cabeza como un estribillo molesto: «Las editoriales piden libros a cualquier famoso. Lo bueno se asfixia entre tanta basura.» La dijo en una entrevista con El Cultural a propósito de Enviado especial, sus nuevas memorias publicadas por Alfaguara, y no es que sea una revelación — cualquiera que haya paseado por una librería sabe que la mesa de novedades parece cada vez más un timeline de Instagram —, pero viniendo de Reverte suena distinto. Porque Reverte no dice estas cosas desde la torre de marfil. Las dice desde la trinchera, que es el único lugar desde donde siempre ha hablado.

Enviado especial es su relato de veintiún años como corresponsal de guerra para TVE y prensa escrita. Líbano, los Balcanes, Eritrea, el Golfo, Centroamérica. Son las guerras que después alimentaron novelas como Línea de fuego y El húsar, pero aquí no hay ficción que amortigüe. Aquí hay polvo, miedo y la mirada de alguien que vio lo peor que los humanos pueden hacerse entre sí y después tuvo que sentarse a contarlo con fecha límite de entrega.

¿Qué hace que unas memorias de guerra escritas por un novelista de éxito sean interesantes en 2026? Varias cosas. Primero, el contraste. Vivimos en una época en la que la guerra se consume en formato TikTok: clips de quince segundos, detonaciones con filtro, geopolítica explicada por influencers. Reverte viene de un tiempo en que el corresponsal se bañaba de barro, dormía donde podía y tenía que confiar en su propia mirada porque no había algoritmo que le dijera qué era relevante. Leer Enviado especial es como poner un disco de vinilo después de años de streaming: más ruidoso, más imperfecto, más real.

Segundo, la escritura. Reverte puede caer en la boutade — y a veces le gusta — pero cuando se pone serio, pocas plumas en castellano cortan tan limpio. Su prosa de no ficción tiene la precisión de un parte militar y la cadencia de quien aprendió a narrar contando muertos. No hay espacio para adornos cuando te están disparando.

Lo que me resulta más provocador es la contradicción que Reverte encarna sin pestañear. Es un novelista superventas que denuncia la industria que lo hizo superventas. Es un hombre que escribe sobre Revolución y La Reina del Sur y al mismo tiempo dice que las editoriales publican demasiado. ¿Es hipócrita? Tal vez. ¿Es honesto? También. Y esa tensión es, en el fondo, lo que hace que Reverte siga siendo interesante cuando otros autores de su generación se han vuelto predecibles.

Enviado especial no es un libro para sentirse bien. Es un libro para sentirse incómodo, que es lo que la buena no ficción debería hacer siempre. ¿Estamos dispuestos a leer sobre guerras reales en un mundo que prefiere consumir guerras ficticias? Reverte apuesta a que sí. Y si algo ha demostrado en cuatro décadas de carrera, es que suele ganar sus apuestas.