Una editorial retira un libro por presunto uso de inteligencia artificial — y nadie sabe cuáles son las reglas
En algún momento alrededor de 2022, las editoriales empezaron a añadir cláusulas sobre inteligencia artificial en los contratos. Poco después, dejaron de entender bien qué significaban esas cláusulas. La noticia de esta semana —que una editorial ha retirado un libro tras acusaciones de que partes significativas fueron generadas por IA— llega en un momento en que la industria descubre, con cierto retraso, que nunca decidió realmente qué creía sobre todo esto.
El libro en cuestión no ha sido identificado en la mayoría de las informaciones, lo que ya dice mucho. La editorial quiere que el asunto desaparezca, no que se convierta en el caso de prueba de un debate que el sector lleva meses evitando con discreción. Las acusaciones, según se ha publicado, giran en torno a pasajes que varios lectores señalaron como portadores de esa fluidez característica de la prosa generada por máquinas: correcta en todas sus partes, vívida en ninguna.
Si esos lectores tienen razón es casi lo de menos. Lo que importa es que la editorial no pudo responder con seguridad cuando se le preguntó. Eso no es un problema legal; es un problema epistémico. La industria se ha vuelto muy hábil para hablar de la IA como amenaza a los escritores, algo menos hábil para exigir realmente que los manuscritos no contengan texto generado por máquinas, y prácticamente inútil para verificar ninguna de las dos cosas.
Retirar un libro no responde la pregunta de fondo: qué significa decir que un libro fue escrito por una persona, y qué perdemos si ese significado se disuelve. Es, en el mejor de los casos, un aplazamiento.
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