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Rocky y Grace: la amistad que salvó dos mundos

V
Valentina Ríos
· 4 min de lectura
Rocky y Grace: la amistad que salvó dos mundos

Hay una escena en Proyecto Hail Mary que me obligó a cerrar el libro. No por aburrimiento — por todo lo contrario. Ryland Grace acaba de descubrir que no está solo en el sistema de Tau Ceti. Hay otra nave. Otra especie. Otro ser que también cruzó la oscuridad entre estrellas para buscar una respuesta. Y cuando Rocky emite su primera serie de acordes musicales, cuando esos sonidos llenan el vacío entre dos formas de vida que no deberían poder comunicarse, sentí algo que pocas novelas me han provocado: la certeza absoluta de que estaba presenciando el nacimiento de una amistad.

Andy Weir tiene fama de escritor de ciencia ficción dura, de esos que llenan las páginas de ecuaciones y problemas de ingeniería. Y es cierto. Pero Proyecto Hail Mary es otra cosa, algo más grande. Es una novela sobre la soledad más radical que puede experimentar un ser vivo — estar completamente solo a años luz de cualquier otro miembro de tu especie — y sobre cómo esa soledad se rompe de la manera más inesperada.

Grace despierta sin recuerdos en una nave en medio de la nada. Sus dos compañeros de tripulación están muertos. La Tierra se muere. Y él, un profesor de ciencias que nunca quiso ser astronauta, tiene que resolver un problema que las mejores mentes del planeta no pudieron. Weir construye la desesperación de Grace con una precisión que duele. No es un héroe trágico al estilo clásico. Es un hombre común, asustado, que hace chistes malos para no colapsar. Me recordó a esos personajes de García Márquez que enfrentan lo imposible con una mezcla de terquedad y ternura, como si negarse a rendirse fuera la forma más honesta de dignidad.

Y entonces aparece Rocky. Un ser con forma de araña, con cinco brazos, hecho de materiales que funcionan a temperaturas extremas, que «ve» el mundo a través del sonido y vive en un ambiente de amoníaco que mataría a Grace en un instante. La primera reacción del lector podría ser distancia — esto no es un alienígena amable con rasgos humanos, no es E.T. Pero Weir hace algo extraordinario: construye la amistad entre Grace y Rocky nota por nota, como una composición musical. Primero los golpes en el casco. Luego los tonos repetidos. Después las primeras palabras compartidas, torpes, imprecisas, llenas de malentendidos que se van resolviendo con paciencia infinita.

Lo que me conmueve de esta relación es que no tiene atajos. No hay telepatía, no hay traductor universal, no hay momento mágico en que todo se entiende. Hay trabajo. Hay días de señalar objetos y repetir sonidos. Hay frustración y hay pequeñas victorias. Cuando Rocky dice por primera vez algo que Grace entiende completamente — «¡Amigo!» —, la palabra no es un recurso narrativo barato. Es el resultado de páginas y páginas de esfuerzo mutuo. Y eso la hace pesar como pocas palabras pesan en la ficción contemporánea.

La estructura emocional de la novela me hizo pensar en Clarice Lispector, aunque suene extraño vincularla con ciencia ficción. Lispector escribía sobre la extrañeza fundamental de existir junto a otro ser vivo, sobre cómo la cercanía real — no la cercanía cómoda, sino la verdadera — exige renunciar a la idea de que podemos entender completamente al otro. Grace y Rocky nunca se entienden del todo. Rocky no puede comprender el concepto de música como placer estético. Grace no puede imaginar un mundo sin luz. Pero se ayudan. Se protegen. Se hacen reír, aunque la risa suene distinta en cada idioma.

El sacrificio final — no lo revelaré para quien no lo haya leído — es la prueba definitiva de que Weir entiende algo que muchos escritores de ciencia ficción ignoran: que la grandeza de una historia no está en la escala del problema, sino en la honestidad del vínculo entre quienes lo enfrentan. Grace no salva la Tierra por heroísmo. La salva porque encontró a alguien por quien vale la pena hacerlo, alguien que también encontró en él una razón para no rendirse.

Leí en algún sitio que la serie Diarios de un Robô-assassino de Martha Wells comparte con esta novela la habilidad de hacer sentir profundamente humanas las relaciones entre seres que no son humanos. Es verdad. Hay algo en la ficción especulativa reciente que está explorando la empatía más allá de los límites de la especie, como si la literatura necesitara salir de la Tierra para recordarnos lo que significa acompañar a alguien.

Si no has leído Proyecto Hail Mary, te pido que lo hagas. No por la ciencia, aunque es brillante. No por el misterio, aunque atrapa. Léelo por Rocky. Léelo por esa palabra — «Amigo» — que suena distinta cuando la dice alguien que cruzó las estrellas para estar a tu lado.