Los libros que resisten: cómo 'Raíces' de Alex Haley sigue siendo peligroso cincuenta años después
Tengo guardado en algún lugar de la memoria el momento exacto en que supe lo que podía hacer un libro. No era un libro peligroso, o al menos nadie me lo advirtió así. Era largo, denso, de esos que se quedan contigo durante semanas. Lo leí en una tarde de lluvia en Bogotá, y cuando terminé sentí que había entendido algo sobre el tiempo, sobre la sangre que conecta generaciones. Esa es la cosa con los libros que prohíben: generalmente los prohíben porque funcionan.
Esta semana, el distrito escolar de Knox County, Tennessee, añadió Raíces de Alex Haley a su lista de títulos prohibidos en las bibliotecas escolares. La decisión se tomó bajo la Ley de Materiales Apropiados para la Edad del estado, que desde 2024 exige que los comités evalúen únicamente el pasaje específico señalado, sin considerar el valor histórico, cultural o literario de la obra en su conjunto. El pasaje en cuestión, en el capítulo 84, fue determinado como contenido de abuso sadomasoquista. La novela, que ganó el Premio Pulitzer en 1977 y llevó a millones de estadounidenses a comprender la esclavitud a través de la saga familiar de Kunta Kinte, queda ahora fuera del alcance de los estudiantes en el estado donde el propio Alex Haley nació. Hay una estatua de él en Knoxville.
Lo que hace especialmente irónico este momento es que estamos cerca del cincuentenario de la publicación. Haley pasó doce años investigando la genealogía de su familia, viajando hasta Gambia, entrevistando griots. Escribió un libro que no era solo una novela: era un acto de recuperación de la memoria, una denuncia, una genealogía nacional de los Estados Unidos que muchos preferían no ver escrita. La lista de libros prohibidos en Knox County tiene ahora 124 títulos. El año pasado eran 113.
Lo que más me inquieta no es el acto individual de la censura —que ya es grave—, sino la lógica que lo sustenta. La ley exige ignorar el significado total de una obra, reducirla a su pasaje más incómodo y juzgarla desde ahí. Es como leer un solo párrafo de Cien años de soledad y decidir que es pornografía. Los libros grandes no funcionan así. Existen en su totalidad o no existen.
Los textos que documentan el horror tienen que mostrar el horror. Raíces narra la esclavitud porque la esclavitud existió, porque dejó cicatrices que aún sangran en el presente norteamericano. Silenciar ese relato no borra las cicatrices: solo impide que los jóvenes aprendan a leerlas. Autoras como Nella Larsen —cuya correspondencia de casi dos décadas aparece reunida en Nella Larsen's Letters, 1917–1935— supieron de ese silencio desde dentro: fue la primera escritora afroamericana en recibir una beca Guggenheim, y luego desapareció del mapa literario durante décadas.
Raíces seguirá disponible para uso académico en cursos de AP, dicen. Como si la literatura fuera una asignatura optativa para unos pocos. Como si el derecho a entender de dónde venimos dependiera de qué clase tomaste en décimo grado.
Lee. Lee lo que te digan que no deberías leer.