Un millón para el mal: Schweblin gana el Premio Aena inaugural
¿Sabías que el premio literario más lucrativo de las letras hispanoamericanas acaba de ser fundado por una empresa de aeropuertos?
No es un meme. El Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana existe, vale un millón de euros —mismo precio que el Planeta, para que te des una idea de la escala—, y en su primera edición acaba de ir a parar a manos de Samanta Schweblin por El buen mal, su colección de cuentos publicada por Anagrama. Respira. Es real.
Me alegro muchísimo de que haya ganado Schweblin. Y no porque el dinero valide la literatura —la literatura no necesita validación de nadie, y menos de una empresa pública que gestiona el aeropuerto de Barajas—, sino porque El buen mal es exactamente el tipo de libro que merece ese nivel de visibilidad. Schweblin lleva años haciendo algo muy difícil: escribir cuentos donde el horror no grita, donde la catástrofe se acerca en silencio desde la cocina o el jardín trasero, «encandilados por el fulgor de la inminente tragedia», como describe el jurado. Eso no lo hace cualquiera.
Si nunca has leído a Schweblin, te propongo un experimento. Abre El buen mal en cualquier página. Lee el primer párrafo. Ahora intenta dejarlo. No puedes, ¿verdad? Eso es lo que hace Schweblin: te mete en una trampa que se cierra tan suavemente que cuando te das cuenta, ya llevas tres cuentos más.
El jurado, presidido por Rosa Montero con Leila Guerriero y Elmer Mendoza entre los siete miembros, tuvo que elegir entre cinco finalistas de enorme talla. Enrique Vila-Matas estaba ahí con Canon de cámara oscura, Héctor Abad Faciolince con Ahora y en la hora, Nona Fernández con Marciano. No es casual que Schweblin ganara: si hay alguien que personifica la literatura hispanoamericana que importa hoy —que no repite fórmulas del boom, que no teme lo extraño, que mezcla lo cotidiano con lo inquietante hasta volverlos indistinguibles—, esa persona es ella.
Y sí, es raro que un premio literario de esta envergadura lo organice Aena junto a la Fundación Gabo y la Cátedra Vargas Llosa. Es raro y es nuevo. Pero la literatura lleva décadas sobreviviendo a alianzas más extrañas. Si el resultado es que El buen mal llega a lectores que no lo hubieran encontrado de otra forma, bienvenido sea el aeropuerto.
Los cuentos de Schweblin no necesitan un aeropuerto para volar. Pero tampoco les viene mal la pista de despegue. Si Distancia de rescate te parece imposiblemente tensa para una novella tan corta, espera a ver lo que hace con Siete casas vacías. Y si ya llegaste a Pájaros en la boca, sabes exactamente de qué hablo.
La pregunta que queda en el aire: ¿los grandes premios cambian la trayectoria de un autor? En el caso de Schweblin, no lo creo —ya está en la cima. Pero quizás cambian la trayectoria de sus lectores.