El sillón vacío de Vargas Llosa ya tiene nombre: Sergio Ramírez
Hay noticias que llegan como una mano que te sacude el hombro. La Real Academia Española acaba de elegir a Sergio Ramírez para ocupar la silla «L», la misma que quedó vacía con la muerte de Mario Vargas Llosa. No es un nombramiento cualquiera. Es casi una declaración: la lengua española pertenece a todos los que la habitan, incluso —y sobre todo— a los que fueron expulsados de su tierra.
Cuando me enteré, tuve que dejar el café sobre la mesa y quedarme un momento quieta. Ramírez lleva años escribiendo desde el exilio, desde ese lugar sin coordenadas fijas que García Márquez conocía bien, que Bolaño convirtió en oficina y patria a la vez. Desde 2021, después de que el gobierno de Ortega lo acusara de traición y lo amenazara con cárcel, Ramírez vive fuera de Nicaragua sin poder volver. Y sin embargo, escribe. Sigue escribiendo, como si la distancia fuera un lente que aclara en vez de distorsionar.
La RAE tiene 46 sillones y cada uno lleva una letra. La «L» es ahora de él. Parece un juego de palabras que el propio Ramírez habría escrito: el hombre que fue silenciado en su país tomará la palabra en el templo más formal de la lengua que lo formó. Lo que pierde Nicaragua lo gana el español. Lo que los tiranos quieren enterrar, la literatura lo resucita con otra forma.
Ramírez no es solo un nombre en un organigrama institucional. Es el autor de Margarita, está linda la mar, Premio Alfaguara, una novela que mezcla historia y poesía con la naturalidad con que el Caribe mezcla la lluvia y el sol. Es el creador de Doña Sofía y el inspector Morales, personajes que me acompañaron durante semanas como si fueran vecinos de planta. Es alguien que ha sostenido, con obstinación elegante, que la literatura centroamericana tiene algo que decirle al mundo, y no en voz baja.
La pregunta que me queda dando vueltas es esta: ¿qué significa para la RAE —institución histórica, castellana hasta la médula— elegir a un nicaragüense en el exilio? Creo que significa que algo está cambiando en cómo entendemos a quién le pertenece el idioma. El español no es de Madrid, ni de Castilla, ni del diccionario. El español es de quien lo usa para contar el mundo, para resistir, para sobrevivir lejos de casa.
Pienso en Roberto Bolaño, que también escribió desde fuera, que encontró en las palabras ajenas la materia de sus propias historias —en sus Llamadas telefónicas y en sus reflexiones reunidas en Notas para una autobiografía—. Dos latinoamericanos que hicieron del español de acá y de allá su única patria real.
El sillón «L» espera a Ramírez. Ojalá lo ocupe con la misma insolencia serena con la que siempre ha escrito. La lengua se lo merece.
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