¿Cuánto tiene que ser verdad una memoria para que sea una memoria?
Pregunta seria: ¿cuánto tiene que ser verdad una memoria para que sea un testimonio y no ficción disfrazada?
Porque eso es exactamente lo que está pasando con Strangers, la memoria de Belle Burden publicada en enero por Dial Press, y que el New Yorker acaba de poner bajo el microscopio más incómodo posible. El libro narra el divorcio de Burden, cómo su marido la abandonó durante el confinamiento del COVID y cómo ella quedó al borde del abismo, aterrada de perder sus casas, su vida, su estabilidad. Una historia de pérdida y recuperación. Lectoras la abrazaron. Fue un bestseller.
Y entonces llegó la periodista Jessica Winter con su libreta. Lo que Winter encontró, según el reportaje del New Yorker, es que Burden es beneficiaria de cinco fideicomisos y que, en el momento del divorcio, tenía un patrimonio neto de más de diez millones de dólares. Las casas que temía perder —una en Manhattan, otra en Martha's Vineyard— las había comprado con dinero de esos fideicomisos, poniendo al marido en ambas escrituras a pesar de un acuerdo prenupcial que supuestamente la protegía.
¿Y la respuesta de Burden? Que ella «reconoció su privilegio con la mayor claridad posible» y que sigue respaldando su relato del impacto emocional y económico del divorcio.
Aquí hay algo interesante que desempacar. El problema no es exactamente que Burden sea rica. El problema es que construyó una narrativa de vulnerabilidad —«podría perderlo todo»— sobre una realidad donde ese «todo» era una cantidad de dinero que la mayoría de sus lectoras no verán en su vida. No es mentira, técnicamente. Pero tampoco es exactamente verdad. Es la verdad de un personaje muy específico que olvidó mencionar el contexto que hace su historia tan peculiar.
El género de las memorias vive de un contrato no escrito con quien lee: te cuento lo que viví, y lo que viví fue real. Cuando ese contrato se tuerce — o se omite estratégicamente — el libro no deja de ser interesante. Pero cambia de naturaleza. Deja de ser testimonio y empieza a ser performance de testimonio. Borges dijo que la autobiografía es siempre una especie de mentira organizada. Tal vez. Pero hay diferencia entre la inevitable subjetividad de toda memoria personal y escribir «podría perder mis casas» cuando tienes diez millones de dólares en fideicomisos.
¿Eso hace que Strangers sea un libro malo? No necesariamente. El dolor de un divorcio puede ser devastador independientemente del saldo bancario. El sufrimiento no tiene escala salarial. Pero sí sugiere que el mercado editorial tiene un problema crónico con los libros de no ficción que apelan a la vulnerabilidad: los premia sin verificarla. Si alguien tiene una buena memoria —una donde la autora no olvidó mencionar que era millonaria—, que me diga.
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