Un bárbaro en el Olimpo: Vargas Llosa entra a la Academia Francesa
Hay algo profundamente literario en la imagen: un escritor peruano, nacido en Arequipa en 1936, tomando asiento en uno de los últimos templos del hermetismo europeo. Mario Vargas Llosa acaba de ingresar a la Académie Française, ocupando el sillón 18 que perteneció al filósofo Michel Serres. Es el primer autor cuya obra completa no está publicada en francés en recibir este honor en los casi cuatro siglos de historia de la institución. El traje verde bordado, la espada de ceremonia, el ritual de siglos. Un bárbaro —como él mismo se define— en el corazón del Olimpo.
Lo que encuentro más significativo no es el gesto protocolar, sino el libro que lo acompaña. Un bárbaro en París (Alfaguara, 2026) recoge diecinueve ensayos sobre la cultura y la literatura francesa, más el discurso inaugural que leyó ante los inmortales. Y en esas páginas, Vargas Llosa no viene a rendir pleitesía. Viene a discutir.
Critica a Derrida y a Lacan: los acusa de ocultar, bajo el hermetismo oscuro de su prosa, la banalidad y el vacío. Al nouveau roman —Robbe-Grillet, Sarraute, esos ingeniosos experimentos que tanto entusiasmaron a la crítica en los años sesenta— le diagnostica «síntomas de atonía». Elogia a Flaubert como el gran revolucionador de la novela moderna. Y defiende, con la terquedad de quien lleva décadas haciéndolo en contra de la corriente, el humanismo tradicional frente a lo que él llama la «civilización del espectáculo».
Habrá quien diga que estas son batallas viejas, polvorientas. Que el debate sobre la muerte del autor quedó superado con el siglo. Puede que tengan razón. Pero hay algo de quijotesco —en el mejor sentido de esa palabra, que es una palabra nuestra— en ver a un latinoamericano subir al estrado más francés del mundo y decirles, con cortesía pero sin disimulo, que muchos de sus ídolos intelectuales le parecen vacíos.
Me acuerdo de la primera vez que leí La ciudad y los perros en una tarde larga en Medellín, con el ventilador girando encima y la certeza de que ese libro me estaba enseñando algo sobre el poder y la escritura que nadie en la escuela se había atrevido a nombrar. La literatura latinoamericana de mediados del siglo XX tenía ese don: hablar de lo prohibido con una precisión brutal y carnal. Roberto Bolaño, heredero turbulento de esa tradición, lo sabía bien cuando escribió sus propios demonios en Llamadas telefónicas: la violencia como sustancia literaria, no como decorado.
Vargas Llosa lleva décadas siendo un escritor incómodo para casi todo el mundo. Sus posiciones políticas han exasperado a la izquierda. Sus novelas, sin embargo, permanecen. Que la Académie Française —que durante siglos operó como una fortaleza de la lengua y la cultura galas— abra sus puertas a alguien que piensa en castellano y discute la cultura francesa desde fuera de la lengua francesa es un gesto que, en su pequeñez protocolaria, tiene algo de histórico.
Un bárbaro en París no va a cambiar el mundo. Pero sí va a molestar a alguien, y eso en literatura siempre es buena señal. ¿Qué esperáis? Buscad el libro más viejo que tengáis de Vargas Llosa y reabridlo. A veces la mejor forma de entrar en una Academia es por la página uno.