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La Woolf que no conocíamos: los cuentos que estaban esperándonos

V
Valentina Ríos
· 3 min de lectura
La Woolf que no conocíamos: los cuentos que estaban esperándonos

Hay libros que uno espera toda una vida sin saber que los estaba esperando. La semana pasada, cuando leí que se publicaban cuentos inéditos de Virginia Woolf —relatos que nadie había visto, que revelaban «su faceta más enamoradiza y juguetona»— sentí algo parecido a lo que siento cuando un amigo me devuelve un libro prestado con páginas dobladas que yo no doblé. Como encontrar algo que no había perdido.

Woolf ha vivido durante décadas bajo el peso de su propia leyenda. La escritora de las olas, de la corriente de conciencia, del modernismo en estado puro. La que escribió que una mujer necesita dinero y una habitación propia para escribir ficción. En ella tendemos a ver siempre lo mismo: la melancolía, el experimento formal, la tragedia biográfica. Pero ahora llegan estos cuentos nuevos —o más bien nuevos para nosotros— y nos dicen que había otra Woolf. Una más liviana, más enamorada del mundo. Juguetona. La palabra es perfecta y me sorprende que no la hubiera usado yo antes para describir los cuentos que ya conocía.

Porque en La señora Dalloway en Bond Street, esa recopilación de relatos que muchos lectores aún no han descubierto, ya estaba ese Woolf más íntimo. El que camina por las calles de Londres con los sentidos en estado de alerta total, el que encuentra en cada detalle cotidiano —una señora comprando guantes, un tranvía que pasa— la materia de lo que se puede contar. Con estos relatos inéditos se confirma algo que los lectores más cercanos ya intuían: que el genio no vive solo en los grandes edificios.

Me pregunto qué habrá en esas páginas. Si habrá una mujer que desea sin vergüenza, que ríe de verdad, que escribe como quien baila sola en su habitación. Recuerdo que García Márquez decía que las primeras versiones de sus cuentos siempre eran más libres, más impúdicas, antes de que el oficio interviniera y ordenara. Quizás estos cuentos de Woolf tengan esa misma energía de primer impulso. Lo que se escribe cuando nadie mira.

Y eso es exactamente lo que me hace querer leerlos. No el nombre, no el valor académico, no el escándalo de lo nuevo. Sino la posibilidad de sorprenderme con alguien a quien creía conocer bien. Saber que incluso después de haber sostenido Una habitación propia entre las manos y subrayado sus párrafos hasta casi romperlos, queda Woolf que leer. Siempre queda.

Eso es lo que hacen los grandes escritores: no terminan nunca. Y lo que hacen los grandes lectores es estar dispuestos a que les sorprendan. Una vez más.