Poner cara a los muertos: la crónica urgente de Margaryta Yakovenko
Hay libros que no piden ser leídos. Te exigen. Te agarran del brazo en mitad de la noche y no te sueltan hasta que has terminado, y aun entonces sigues sintiendo el peso de sus palabras en el pecho. Ocupación, la nueva crónica de la periodista y escritora ucraniana Margaryta Yakovenko, publicada en España estas semanas, es exactamente ese tipo de libro: urgente, necesario, incómodo de la manera más honesta.
Yakovenko lleva cuatro años documentando la guerra que Rusia desató sobre su país. No desde la distancia aséptica del corresponsal que despacha desde el hotel, sino desde dentro: la crónica familiar, el testimonio de los que pierden vecinos, padres y ciudades enteras. Su frase podría caber en un tuit, pero pesa como una losa: "Es importante ponerles cara a los muertos de las guerras." Y eso es lo que hace Ocupación, página tras página: devolver rostros, nombres, historias específicas a lo que los telediarios convierten en estadísticas.
Recuerdo la primera vez que leí a Sofi Oksanen y sentí que la literatura podía hacer algo que el periodismo no: meterse en la piel de los que padecen la ocupación, no solo contarla. Purga llegó para mí como un golpe de realidad disfrazado de novela, con esa Estonia sometida al régimen soviético que Oksanen convierte en herida colectiva. Algo parecido ocurre con Ocupación, aunque Yakovenko elige el registro más desnudo de la crónica. La ira está ahí. La desesperación también. Pero sobre todo está la precisión: el detalle que salva del olvido.
El libro llega en un momento en que el mundo parece dispuesto a normalizar el horror. Cuatro años de guerra, y la fatiga informativa amenaza con borrar lo que no debería olvidarse jamás. Yakovenko escribe desde esa conciencia: que narrar es ya un acto de resistencia, que cada historia recuperada es una pequeña victoria contra el silencio que los agresores prefieren. En El parque de los perros, Oksanen regresa a esos territorios de memoria y trauma familiar, a la transmisión generacional del dolor. Yakovenko hace algo parecido con la guerra de Ucrania: rescata lo cotidiano — una foto familiar, una conversación interrumpida, un barrio que ya no existe — y lo convierte en archivo vivo.
No es un libro fácil, y no debería serlo. Tampoco prometo que lo leerás sin que te pese. Pero lo que sí prometo es que, cuando termines, los muertos de este conflicto ya no serán una cifra en el noticiero. Habrán tenido cara. Y eso, en estos tiempos, es ya un acto político.
En Dos veces en el mismo río, Oksanen exploró la imposibilidad de escapar del pasado histórico cuando ese pasado es una ocupación. Yakovenko, en cambio, nos dice que ese pasado todavía está haciéndose, en tiempo real, y que depende de nosotros — lectores, testigos — no perderlo de vista.
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