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Sobre este libro
Arborescentes, las biografías del filósofo Baruj Spinoza se desperezan en múltiples direcciones. En una rama casi oculta de esta audaz expansión, me encontré con Branca Dinis, casada con Bento da Costa, en las postrimerías del siglo XVI. Eran tiempos difíciles para criar seis hijos, con las calles dominadas por el terror de la Inquisición, que ya había condenado a la hoguera a su tía materna, Guiomar, y unos cuantos años después, sentenciaría al fuego a su hija, María, y a su yerno, Álvaro.
Branca era descendiente de una importante familia judía, de las primeras llegadas a Portugal y forzadas a cristianizarse. Muchos de estos “marranos” llevaron una vida bifronte: hacia afuera sostenían su máscara cristiana, y hacia adentro perseveraban en su fe judía. Así, a la tenue luz de velas nocturnas, en la clandestinidad cuidada de un amor que no se doblegaba ni al poder imperante detrás de las ventanas, ni a la potestad de los rabinos, Branca educó a sus hijos en su versión no oficial del judaísmo. No había inmortalidad del alma ni castigos eternos en los relatos de esta madre. Cada uno de los niños se impregnaba poco a poco de la branca voz materna. Pero uno de ellos, Gabriel, la atendía con especial sensibilidad.
A la muerte de su marido, Branca recogió sus petates, abandonó una espléndida casa y una magnífica posición económica, y huyó con sus hijos a Ámsterdam. Allí creyeron encontrar el espacio para una nueva vida, sin ocultamientos. Branca se renombró Sara, y Gabriel, Uriel. A partir de acá la historia se ocupará de Uriel Da Costa. Libre pensador, audaz y poco propenso a la prudencia, Uriel fue dos veces excomulgado. Tras resistir unos cuantos años el aislamiento, cedió -tal vez por amor a una mujer con quien quería casarse, o por una abrumadora soledad- y se arrepintió ante las autoridades judías, en una humillante ceremonia. Poco después escribió su biografía al borde del suicidio.
Pero casi nada dice la Historia acerca de Sara. Cómplice y compañera de la herejía de su hijo, llena de un coraje inaudito para cualquier época, ella permaneció atesorada en mi alacena de palabras, hasta colarse en un verso vuelta adjetivo y, en otro, verbo. Libre de las semánticas oficiales, discreta y clandestina, como toda su vida; renombrada, mutante y sigilosa, como la fuerza de la poesía, este libro se escribe sobre el eco de su arrojo, filia con los pañuelos blancos, abraza la memoria de mi madre y la de todas las mujeres luchadoras, cuyos nombres aún resta redimir.
Gabriela Stoppelman
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